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Cultura libresca: la UNAM como casa editora

Por: Emilia López Pérez

“Hemos hecho algunas encuestas al umbral de lo que son las librerías universitarias. Les preguntamos a los universitarios si conocen el catálogo UNAM, o las librerías, y contestan que no. Hay personas que trazan su carrera, van por los años que pasan aquí en la universidad sin conocer estos libros, y yo creo que lo más oportuno es presentar estos libros y más los que hablan de nuestra universidad, de nuestra propia casa”, mencionó Camilo Ayala Ochoa en la presentación de su libro La cultura editorial universitaria.

El día lunes nueve de mayo del año en curso se llevó a cabo la presentación del libro La cultura editorial universitaria de Camilo Ayala Ochoa en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. En dicho evento estuvo presente el autor, acompañado por la Doctora Carola García Calderón, la maestra Maira Fernanda Pavón Tadeo y el licenciado Rubén Luna González. Por su parte, Amaranta Martínez Martínez, estudiante de la Facultad, fue quien presentó a los ponentes.

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Fotografía tomada por Patricia San Juan

Durante su intervención, la Doctora Carola García Calderón dio la bienvenida a la presentación del libro para después dar paso a sus comentarios. Mencionó entonces que el libro da cuenta  del trabajo editorial de la universidad, así como de la producción, distribución y consumo de los textos y materiales producidos por la UNAM. Asimismo, recalcó que el libro es un recuento “de la capacidad vital de la universidad, del quehacer del día a día en el área editorial”.

A continuación, el autor y licenciado en historia por la Facultad de Filosofía y Letras, Camilo Ayala Ochoa, abrió su participación señalando que en realidad los estudiantes universitarios conocen poco sobre esta labor editorial de la UNAM. Señaló entonces que la UNAM es un sello editorial que produce libros en diferentes formatos (libros impresos, revistas y ediciones electrónicas); la universidad produce al año 1500 libros en papel más 600 en versiones electrónicas, lo que la convierte en la institución universitaria que más obras edita en México.

Agregó que este libro que presentó salió a la venta a finales del año pasado en México, y que presentó recientemente en Colombia una nueva edición. Esto porque, a decir del autor, existen en América Latina pocos estudios sobre la actividad editorial universitaria en general, pues lo que existe son memorias editoriales y estudios sobre la participación de editoriales en el mercado actual, por lo que resulta importante explorar el campo de los sellos editoriales universitarios.

“Hablo [en el libro] de un síndrome del mundo librero. Los profesionales del libro, los que trabajamos en la edición, trabajamos escribiendo, leyendo, comentando, cuestiones de ese tipo, vemos el mundo como si fuera una librería; creemos que todos deben leer, además, libros de altura. (…). Somos una generación, somos hijos de la imprenta. Somos unas personas que aprendimos a leer y a escribir de un modo particular y decodificamos el mundo de esa manera”, mencionó Ayala Ochoa.

Tras su participación, se cedió la palabra a la maestra Maira Fernanda Pavón Tadeo, quien comentó sobre el libro que: “muestra paso a paso lo que ha sido el sistema editorial de la UNAM y su contribución nacional a la transmisión y difusión del conocimiento representado en miles de obras que ha editado”.

La también profesora de ciencias de la comunicación mencionó la importancia que tiene este tipo de libros en  materias relacionadas con dicha carrera impartida en la FCPyS: “Esta obra también es una aportación a nuestra Facultad, puesto que su contenido permitirá solventar algunas de las temáticas que se abordan en las asignaturas relacionadas con el quehacer editorial”.

Por su parte, el licenciado en ciencias de la comunicación Rubén Luna González, quien es también coordinador editorial de documentos sobre migración en el Centro de Estudios y Programas Latinoamericanos del ITAM, dijo que La cultura editorial universitaria es una obra de consulta obligada para quienes quieren conocer y estudiar el mundo de la edición, la historia de la universidad y su autonomía, y temas de educación.

Citó entonces a Manuel Aguilar, quien dijo que había libros de placer y libros de utilidad práctica, para después decir que el libro de Camilo Ayala Ochoa cumplía con ambas funciones.

Durante la sesión de preguntas, Camilo Ayala Ochoa, quien ha ejercido como bibliotecario, corrector, redactor, editor y consultor de editoriales, destacó que estamos en lo que él considera la prehistoria del internet; este último es el libro de libros, pero apenas se empiezan a desarrollar plataformas para la lectura. Por ende, al estar en una época de transición, las editoriales tendrán que trabajar para entrar en el mundo del internet.

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Fotografía tomada por Patricia San Juan

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Carmen y el bolero

Carmen y el bolero

Por: Mauricio Oliver.

            Rusia es un país. Creí necesario ese breviario cultural. En aquellas gélidas tierras viven algunas de las mujeres más bellas del planeta, especialmente en la esquina donde se cruzan las calles de Stalin y Perestroika. Las damas de aquella nación son de tez blanca y rígida, pues están permanentemente congeladas. Cuando entran en calor, como a los tres años de vida, comienzan a bailar ballet. En sus ratos libres se salen a cubrirse el cuerpo con nieve, así congelan su piel y se mantienen bellas hasta la eternidad, que dura hasta que acaba su carrera de bailarinas. Yo prefiero a las mujeres checas, si han de preguntarme, pero mientras no encuentre a alguna por Madero tendré que conformarme con alguna holandesa, cuando la encuentre también.

Todas estas reflexiones surgieron a mi mente gracias a que fui a ver Carmen y el Bolero, por parte del Russian State Ballet. Debo admitir que esa disciplina artística no me encanta. La vestimenta de las mujeres, cuyo nombre he olvidado (es algo así como el plural repetido o tartamudeado de la segunda persona del singular) es matapasiones visuales. Ese vestidito ridículo que evita la visión de la gloria extrema (de extremidades), siempre me ha parecido un fiasco. Mi novia y yo fuimos a ver ese par de clásicos artísticos. Mientras nos debatíamos entre el significado de la palabra intermedio, recordamos que, no hace mucho, fuimos a ver una obra de teatro terrible, llamada La Inocencia, cuyos únicos inocentes éramos los espectadores que no teníamos nada que ver con aquel bodrio. Decidimos salirnos en el intermedio. Así, descubrimos que el intermedio sirve para tres cosas: quedarse sentado a esperar que comience la segunda parte, estirar las piernas, o echarse a correr antes de que empiece el siguiente acto. Le sugerí a mi novia que viéramos Carmen y que huyéramos, como era nuestra costumbre romántica, nuestro momento compartido, en cuanto comenzara el intermedio. Ella sugirió llegar mejor luego del intermedio y ver solamente El Bolero. Como no nos poníamos de acuerdo, decidí que lo mejor era asistir solamente al intermedio y luego irnos.

Pero mi novia tenía muchas ganas de ver el ballet, así que estábamos ahí, y no sólo eso, vimos toda la representación. Antes de que comenzara, una pareja se sentó frente a nosotros. Luego una señora, al parecer dibujante, se sentó delante de ellos. La mujer volteó a sonreír con una mueca que yo describiría como de qué puto miedo. No sé qué hizo la parejita, pero yo me hubiera quedado petrificado en mi silla, arañando los reposabrazos y aullando internamente por el susto.

¿Han escuchado alguna vez esa voz en los teatros y cines que les dice que apaguen sus celulares y que está prohibido tomar fotos y videos? Pues bien, creo que es preciso aclarar un punto: no es una maldita sugerencia, es un imperativo cultural, malditos adictos a las grabaciones y fotografías que nunca más verán, y que borrarán en cuanto vean las heces de su nuevo gatito negro y piensen que se merecen una fotografía.

Ahí tienen, apagan las luces, ¿y qué hacen estos estólidos adictos a la tecnología? Sacar el celular. A pesar de que la voz dijo: “a quien se sorprenda tomando video o fotografía se le confiscará el material grabado o tomado”, ahí van. La voz debería agregar: y a quien no haga caso, se le introducirá su celular por salva sea la parte cual si fuera un supositorio luminoso.

Ahora, volviendo al tema, amo el ballet. No había de esos disfraces o vestimentas del plural tartamudeado de la segunda persona del singular. Para nada. Había piernas, es decir, un vestido rojo con negro, muy elegante, y bailarinas talentosísimas con la estética de sus cuerpos creando figuras en el aire. La protagonista de Carmen era la perfección física. Alcanzaba una especie de clímax corporal con la forma tan grácil de moverse. Y no sólo ella, el cuerpo del ballet hizo un trabajo magnífico. Qué decir del Bolero de Ravel, cuyo éxtasis musical retumba todavía en mis oídos.

Por cierto y como nota final: la señora dibujante se salió en el intermedio. Creo que no le gustó. Sin embargo, lo que creo en verdad es que solamente fue a dibujar. Pude ver algunos trazos, era bastante buena, aunque también creo que estaba loca. Pero eso significa que el arte está en todos lados, no obstante, si me preguntan, prefiero el arte de las rusas.

 

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Citas

Niebla

Por: Mauricio Oliver

Casi todos lo mencionan. Me refiero a mis escritores favoritos. Han pasado por un momento de hastío existencial que les impide levantarse por las mañanas. Sucede que, citando a Proust (hace tiempo vi una obra en la que una chica decía que si alguien cita a Proust para impresionar, es porque la tiene chiquita. Aquí quiero aclarar que no lo cito para tal cosa, y sobre todo, que la tengo más larga que Cyrano de Bergerac. Quizá solamente el autor de la obra tenía cierto complejo con su longitud fálica, uno nunca sabe), decía, pues, citando a Proust: Mucho tiempo he estado acostándome temprano.

En el fondo, todos sabemos que hay un momento en la vida en que pasó el instante de desperdiciar las horas, entonces, el tiempo malgastado encerrado en una oficina, es soplo de muerte que carcome las esperanzas, la vida, los sueños. Eso genera un hastío existencial, esa insatisfacción genética con respecto a todo. Uno ve a su propia generación desperdigada en adoquines de amistades rotas, enfrascadas en fotografías diarias de sí mismos, luciendo sus nuevas cejas depiladas y ese abandono a la línea de pelos tan orgullosa de la sobrevalorada Frida Kahlo. O uno ve cómo las vergüenzas ajenas se van cayendo cuando las ansias de evitar la soledad aparecen en una imagen congelada, no de felicidad aunque sonrían, sino de lástima por la propia mentira, y hacen de ella amores eternos, hasta que a la larga los tape el invierno.

La mayoría de lo que digo se reduce a las energías perdidas de una juventud pasada. Me paro todas las mañanas con inercia depresiva. Desayuno en cinco minutos. Me arreglo, cepillo mis dientes. Mi cabello ha vuelto a ser largo, me da flojera ir a cortarlo. Estoy aquí, donde escribo estas líneas en el tiempo muerto, repantigado en un asiento esperando a que pase el día y pueda llegar a casa con todo el cansancio escurrido sobre mis piernas… y no hacer nada, porque la fatiga es cerebral, emocional. Esa es la peor forma del cansancio. Luego uno le habla a sus amigos, le escribe, pues. Espera a que contesten. Hay que vernos, claro, dime cuándo, tal día, no puedo, ¿otro día?, ya hay que vernos. Visto a las 08:20 pm, ¿ya te fuiste?, ¿por qué siempre te vas cuando estamos a punto de quedar? Nos debemos una comida,  un café, un vino, una pinche borrachera de esas que nos dejaban tirados en baños ajenos, donde jugábamos verdad o reto, donde las amistades todavía no sacaban su lengua viperina, anunciante del veneno traicionero que se encaja en personas ajenas y resurgen como muertos vivientes de la reclamación. No. Quedamos de vernos, pero nunca nos vemos. Todo es tan líquido, tan pasajero, tan instantáneo y volátil que hoy mismo dudo que me quede más de un amigo verdadero, porque me queda uno. Ese al que veo cada mes en un Vips y es testigo de mi voluptuoso cansancio, que me anima un rato pero, cuando llego a casa, vuelven los fantasmas de un jueves cobarde, cansino y pavoroso.

Extraño esos días en los que me quedaba a escribir hasta la madrugada, me levantaba tarde, me ponía a leer y a escribir hasta el cansancio, ese cansancio verdaderamente feliz. Hoy me sostengo de mi obra Iris como de un bote salvavidas a punto de naufragar. Sé que no me sacará de la miseria, pero, carajo, quizá verla en escena es signo de que no todo ha sido un fracaso, un autoengaño miserable. Antes no tenía ni un peso en el bolsillo y no me importaba. Podía convencer a cualquier mujer de invitarme lo que yo quisiera, a cambio, por supuesto de esa buena conversación y de besos con risa y noches sin futuro. Ahora, con Sabina en otra canción, como caliente, duermo caliente y temprano. Quisiera perder el apetito y no poder dormir a causa de un insomnio verdadero, pero descanso poco cada noche, le doy demasiadas vueltas a la cama sin razón verdadera. Extraño sacarle la lengua a las damas que andaban del brazo de un tipo que nunca era yo.

Mírenme. Soy todo un melancólico. Pero hasta en esto, uno de mis escritores favoritos (que poca gente sabe, quizá solo una o dos personas que lo admiro muchísimo) dice que todos los que han sobresalido en la filosofía, política, poesía o artes son manifiestamente melancólicos. Y lo son porque todos ellos reconocen la inutilidad de su esfuerzo.

Todas estas citas, todos estos faros en la niebla en cursivas, salvo las canciones, son frases leídas de muchos libros que conservo en su gran mayoría. Algunos de ellos, como los de Volpi, son de ese tipo de libros inteligentes que se anuncian. Andrés Neuman dice que uno va buscando sin querer los libros que uno necesita leer, o que los propios libros, que son seres inteligentes, detectan a sus lectores y se hacen notar. Quizá son ambas cosas. No lamento citar tanto, porque ¿de dónde iba yo a tomar lo que añado al mundo si no del mundo? Leer salva del abismo de uno mismo. Escribir también lo hace. Tal vez estoy doblemente salvado. Entonces, ¿por qué no me siento así? Puede ser que necesitemos salvarnos más. Gastarnos lo que queda de la quincena en libros. Y eso hice. Groucho y sus memorias de amante sarnoso ahora están conmigo. Así siempre recuerdo a Woody viendo Sopa de patos”: Y empecé a pensar que debía dejar de arruinarme la vida buscando respuestas que nunca conseguiré y disfrutar mientras durara. ¿Y después, quién sabe? Quizá haya algo. Nadie lo sabe realmente. Sé que quizá es algo estrecho en que basar tu vida pero es lo mejor que tenemos. Y comencé a sentarme y empecé a disfrutar las cosas.

 

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De nuevo la lluvia

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Por: Oliver Neoquínico.

            Los días lluviosos suelen ser excepcionales para los espíritus nostálgicos. Yo mismo solía sentirme mejor en tales días que en los días soleados. Ahora soy feliz con una tarde nublada sin viento y sin lluvia. El sol me pone de mal humor. Creo que se debe a que tengo medio grado corporal menos que el resto de la gente. Un poco de calor hace que sulfure, que hierva mi sangre. Adoraba la lluvia cuando jugaba fútbol. Siempre es mejor barrerse con el suelo mojado, el agua refresca y el cansancio se desvanece.

Sucede que la lluvia tiene muchos matices. A veces es terrible en una ciudad como esta, sobrepoblada y sucia. Las coladeras están llenas de basura y las inundaciones son inminentes. La urbe se convierte en una Venecia temporal, con microbuses en lugar de trajineras o balsas.

Ahora que sentimentalmente no soy un fastidio, que las emociones no están revueltas en mí, las mañanas lluviosas solamente me provocan quedarme acostado al lado de mi Emilia. Ya me da igual que caiga con la timidez diagonal de Pessoa. Me importa poco que caiga con la furia del diluvio universal, o que apenas sea un rocío perezoso que cae porque se dejó llevar por la gravedad.

La lluvia me molesta un poco porque se mete en mis zapatos y se aloja en mis calcetines, como un invitado indeseado. Y ese afán de usar una mochila bordada me obliga a envolver mis cosas en bolsas de supermercado. En fin, que el temporal me molesta cuando soy feliz sentimentalmente. La última tormenta que odié fue después de la era Iris del Diablo. Motivado por sus palabras duras (ya no eres quien conocí, ¿dónde quedaron todos tus sueños?) agarré una compilación de cuentos, no mis mejores, y los llevé a Letras Mexicanas. Llovía con furia, y yo resguardaba mi pequeño paquete bajo mi chamarra, caminando con las manos en los bolsillos y la cabeza agachada. El suelo mojado olía a tristeza.

Pero quizá el agua precipitada también sabe ser feliz. Me recuerdo a mí mismo leyendo mi libro favorito, El Péndulo de Foucault, una versión desdentada de sus hojas, sujetas por alguna divinidad lectora. El tomo se deshacía y, un día, yo volvía a casa cuando me vi atrapado por un chaparrón tremendo con ventiscas salvajes. No llevaba mochila, solamente el libro bajo el brazo. Cuando el viento se volvió insoportable y Umberto Eco estuvo a punto de salir volando, me resguardé tras una pared protegiendo el libro en mi pecho. Veía a la gente corriendo a mi alrededor, ocultándose de la fuerza del aire. Algunos se me quedaban viendo, como si presintieran que la vida de un ejemplar dependía completamente de mí. El Plan, me decía a mí mismo, tengo qué saber cómo acaba el Plan del Péndulo. Y me quedé ahí hasta que la lluvia terminó.

Quizá todo esto no sea más que una disertación filosófica sobre la lluvia, un breve ensayo sobre las precipitaciones pluviales y sus matices anímicos. Pero es hora de dejar las buenas costumbres. Un cuento obsceno me espera.

 

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Encierro de tiempo

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Por: Oliver Neoquínico.

            La literatura siempre me hace falta en la vida. Ahora que leo la mitad de lo que podía antes, siento que la existencia me roba esa parte de la ficción que me fabricaba tiempo. Es eso: me hace falta tiempo para tener más. Extraño, por ejemplo, el lirismo cotidiano de Andrés Neuman. A veces lamento haber devorado su blog con ferocidad. Ahora escribe una nota por mes, si bien me va, y no es suficiente, no fabrica más que unos minutos si alargo cada palabra.

Ante la falta de lirismo ajeno, el mío desaparece bruscamente. La adaptación de libros para niños dejó en mí unas huellas difíciles de borrar, que han provocado cierta sencillez en la narrativa. Una sencillez que no me agrada, pues acorta todo, lo simplifica para escindir lo mejor de la lectura. Me molesta tener que cortar las letras con tal de acabar rápido un cuento. Es como una obsesión, pero nunca me ha gustado escribir por escribir.

Redactar este artículo semanal es en ocasiones un tormento, sobre todo, cuando paso siete días sin hacer nada más que mirar mi computadora y añorar el pasado en el que podía escribir durante horas. ¿Qué sucedió esta semana? Nada trascendental, salvo que ayer mi mejor amigo de la facultad se tituló como licenciado en Ciencia Política con Mención Honorífica, el malparido. Nada del otro mundo. Todos los que estábamos presentes sabíamos de su capacidad, y que el jurado le otorgaría lo que se merece.

En la sala Lucio Mendieta de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, estuvo el tiempo encerrado, como prisionero de guerra, durante casi hora y media. La puerta sellaba el mundo, para que yo viviera un salto temporal y me situara entre el pasado, mi presente, y por lo menos una clase de futuro: el tormento de una tesis que ni siquiera puedo comenzar a gusto. El pasado estaba formado por el profesor Serralde, que me dio clase de Teoría general del Estado y además participó amablemente en la única conferencia que he organizado; estaba Miguel Ángel Rojas, uno de mis primeros maestros de filosofía; Ánimas, profesor de una materia cuyo nombre no recuerdo, pero de quien leí su tesis cuando yo tenía la desgana de escribir la mía sobre partidos de izquierda derrumbada; y Mujica, mi profesor de política comparada, un sujeto inteligentísimo, provocador de uno de mis trabajos que más me han gustado en la vida: una compilación comparativa de todos los partidos políticos de izquierda en Europa y América Latina desde 1945. Seis meses de lectura crónica, y de noches al lado, o enfrente, es decir, tras una pantalla, de una mujer que también estaba ahí, encerrada en ese cuartucho de tiempo, y que me veía a través del extinto Messenger, mientras ella también hacía su tarea. Era la Coneja, con la porción de pasado que ella eligió. Me refiero al de las mentiras, las traiciones y de la incomprensión. Y a pesar de todo ello, el pasado me miró un instante, mientras cargaba cables y decía algo gracioso. Esa mirada trastocó el rencor por unas pequeñas ganas de reír que se aguantó, porque el espacio de tiempo en que nos encontrábamos había agrupado también al que había elegido, abandonando todo lo que ella creía de la vida, con la parte de su ingenuidad perdida.

El presente me tomaba de la mano, y su figura hermosa me rescataba de la incomodidad. Ella, mi presente, que a la vez es mi futuro, me miraba con tal dulzura que olvidé todos los agravios del pasado. Una esfera mental abrazaba a mi mujer, y alcanzaba a rodear a mi amigo, el del examen profesional. Ese era el presente. Lo demás no importaba demasiado, sobre todo porque el pretérito estaba empeñado en guardar rencor por los libros o más bien cuentos, que nunca se atrevió a leer.

Cuando la puerta se abrió, todo partió y sólo quedó el presente con su instantaneidad flotando en el aire. Una amiga se acercó a nosotros, es decir, a mi novia (¿o esposa de cierta forma?) y a mí, para recordar que el titulado con mención honorífica solía presentarme, o por lo menos lo hizo con ella, como un politólogo que era en verdad escritor. Creo que es genial, dijo mi amiga, que te presenten como escritor. Y quizá eso define todo, en el encierro temporal que es la vida. Desde hace 10 años escribo incansablemente, y no detendré las letras porque una mujer se siente incómoda por vulnerar una confianza que ya no existía.

Este escritor estaba ahí, tomándole la mano a su escritora, y eso era todo lo que importaba. Si el tiempo liberado quiere volver en forma de una amistad, será su decisión. La verdad es que el pasado solamente me sirve para escribir. Su amistad no es necesaria, porque ya fue, y es complicado que algo muerto pueda respirar en el ahora. Lo mejor que se puede hacer con lo remoto es escribirlo. El pasado como literatura es el único medio que tiene para sobrevivir.

 

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Breviario sobre el homúnculo revolucionario

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Por: Oliver Neoqunínico.

            Me parece curioso, casi patológico, el espíritu festivo de estos días. Algunas mujeres se visten de Adelitas, obligándome a distribuirles panfletos históricos para hacerles notar con todo el peso del historicismo básico, que son unas verdaderas ignaras. Venden banderitas en cada esquina, acompañadas por sombreros de charro, matracas, cuetes que ofrecen en silencio e ilegalmente, pinturita exprés de la bandera mexicana en un cachete, y todo con la marca registrada de China, productos importados directamente de tierras orientales. Esperemos que un día fabriquen dignidad nacional en pastillitas de colores.

El espíritu político de los rencorosos sociales, revolucionaros en calzones y tecleo rápido, intelectuales de teléfonos móviles más listos que ellos mismos, aflora con destreza torpe, si se me permite tal oxímoron para explicar lo inexplicable.

Estos homúnculos del manifiesto comunista para tontos, han arremetido con fuerza y coraje contra una mujer que está a su nivel –intelectualmente hablando, por supuesto-, me refiero, claro está, a Doña Carmen Salinas, símbolo de la aventura cabaretera, portento de la lengua desconectada del cerebro, símbolo de la belleza marchita.

Resulta que, por si no están enterados, Doña Carmen Salinas se quedó dormida en su curul. Nada del otro mundo, realmente. Ya en ocasiones anteriores se ha visto a diputados de todos colores colgar la baba desafiando a la gravedad mientras se empeñan en onirismos donde vacían el erario público. Pero sucede que, al ser Carmen Salinas una figura pop del folclor mexicano, de las películas de bajo presupuesto y de albures tan baratos que provocan que Chava Flores se retuerza con todo y guitarra en su tumba, el homúnculo revolucionario pierde la cabeza. Síndrome de la figura pública. Una señora que no debería estar ahí por ningún mérito político, se queda dormida, viviendo de un sueldo que rebasa los cien mil pesos mensuales. Es indignante, dicen, porque ella no es política. Y pregúntome yo, estimados lectores, ¿qué es ser un político en México?, ¿qué diferencia a la señora Salinas del uña larga del curul 24, por decir algo, si no es cierta labia y colmillo saltimbanqui? Lo pongo en este tono simplista para que el homúnculo aneuronal pueda comprenderlo. Han arremetido con toda su furia contra la señora que decidió cobrar unos favores con tal de tener un colchoncito jubilatorio para cuando llegue a la tercera edad –o sea ya-, y no tener que trabajar lo que le resta de vida –un par de semanas, estiman algunos doctores similares.

Obviamente, la señora florida contestó como es sabido por todos con aquella elocuencia que dejaría anonadado, no a Cervantes, para salir del lugar común, pero sí a Lope de Vega, o quizá hasta a Chespirito.

¡Pero eso no se podía quedar así compa-triotas! ¿Vamos a permitir que esa señora manche a la ilustre Cámara de Diputados con sus ronquidos ominosos? ¡No, señor! ¡Proponemos lo que cualquier revolucionario digno y sin miedo a la muerte haría en estos casos funestos! ¡Firmas! ¡Todos firmen con su sangre, con su espíritu y con su dignidad!

La señora Salinas –no la pariente de Carlos sino de la que estamos hablando en esta parte-, levantó su dedo medio en redes sociales, en un gesto que dice a todas leguas: pos me vale madres. Los tuiteros, esa raza de homúnculos que no tienen nada que hacer en el día sino fascinarse con la reciente evolución de sus pulgares oponibles que malgastan tecleando a una velocidad pasmosa estupidez y media en menos de 150 caracteres, respondieron con saludos semejantes y tonterías y media.

Mientras tanto yo pienso que esos entusiastas de las cortinas de humo no saben reconocer una cortina de humo ni aunque les manden señales con fuego. La señora Salinas está en el Congreso precisamente por eso: porque es la sincatego, la doña contestataria que desviará las protestas a cosas más pueriles y menos lógicas, y así dejarán, quizá –es la esperanza de la clase política- de gritar por 43 normalistas desaparecidos, a los que quieren vivos, aunque ya se encontró a uno muerto, pero confían en la capacidad jesuística de Peña Nieto de pedirles a los muertos que se levanten y anden para satisfacer una consigna.

Hace poco me recordaron que hace no mucho yo dije que no había mayor cortina de humo en este país que Peña Nieto, pues toda la agenda activista-revolucionaria gira en torno a él y sus dichos, dilemas, torpezas y desavenencias de su gobierno y proceder político, hasta exigir, con amplia prospectiva, su renuncia. Obviamente los que piden su renuncia ya tienen un plan: tomar las armas, claro, que le quitarán al primer narco que cruce por su casa.

Los homúnculos revolucionarios también se han mostrado indignados ante el acarreo político hacia el Zócalo este 15 de septiembre. El previsor gobierno federal, no solamente ha ofrecido dinero, las consabidas tortas y frutsis –que ya solamente se fabrican con fines políticos de acarreo masivo-, sino que, como aliciente triunfal, decidieron contratar a la Arrolladora Banda el Limón.

Como yo no tengo amigos nacos, y en general, no tengo amigos, tuve que enterarme por otros medios que la población revolucionaria de red social virtual había preparado un boicot contra la banda esta, y dejarían de escucharlos, comprar sus discos, ir a sus conciertos, etcétera. Queridos homúnculos revolucionarios, si es así, yo ya llevaba haciéndole tal boicot a la Arrolladora desde hace muchos años. E incluso me atrevo a decir que, si escuchan a tal banda, creo que nos tenemos bien merecido el gobierno que tenemos., y no son muy diferentes esos revolucionarios de celular al ciudadano de pie presto al bailoteo gratuito en el corral del Zócalo capitalino.

Lo más curioso de esos homúnculos revolucionarios, es el encono masivo, no hacia el gobierno y sus políticos, sino hacia sus borregos que no se dan cuenta de la verdad histórica que ellos proclaman. Es decir, nadie que escuche a la Banda Arrolladora el Limón o como se llame, se puede creer superior en intelecto y cultura… a otro, no tan activista, pero con gusto compartido por la banda. Pero eso sí, esos activistas baratos no escatiman recursos lingüísticos en denostar a esas personas necesitadas, el pueblo globero víctima de la incultura, la falta de educación, de oportunidad, que alarga la mano ante el primer noble que le ofrece un mendrugo de pan, o la ilusión de felicidad en un grito ahogado que ya nada significa: ¡Viva México, cabrones!

Esos activistas llaman borregos, idiotas, pasivos, miedosos y demás adjetivos calificativos denigrantes a esas personas que no entienden ni jota de política, por alargar la mano. Y curiosamente, esos activistas baratos y revolucionarios piden por México, defienden a México, que parece una categoría demasiado elevada como para situarla ante los pies de esos pobres necesitados y vendidos. Queridos homúnculos, déjenme decirle que esas personas que denigran, que insultan por su indiferencia, no por culpa de ellos, sino por siglos de carencias, por siglos de esclavismo en todas sus formas, son parte de México. Son México, carajo. Viven en la ciudad más grande y poblada del país. Son unos puercos, sí, desagradecidos, pránganas y desgraciados, pero son parte del México que defienden con tanta fiereza.

Yo soy mexicano porque nací acá. Como dice Mafalda, uno es patriota por comodidad, por el solo hecho de haber nacido en un país (patriotismo y comodidad). No creo que mi patria sea la mejor, ni uso consignas, ni creo que todo sea tan sencillo como derribar a un presidente para poner a otro que saldrá de la misma clase política que el tirado. Pero lo que sí creo que ese simplismo de los homúnculos revolucionarios un día nos hará pagar factura. Ese patrioterismo barato se debe al encono principal de su ideología. Esos homúnculos actúan con la misma furia poseedora en monopolio absoluto de la verdad llamada: conciencia de clase. Y como los hijos malentendidos del marxismo que son, desenmascaran al que no piensa como ellos, tal como lo hizo Marx con Max Stirner y Mijaíl Bakunin. Como esos dos ofrecían alternativas a la verdad histórica de Carlitos –no Salinas, sino el otro-, había que derribarlos. El problema con los homúnculos revolucionarios es que han desviado toda esa rabia sobre los que, supuestamente, quieren ayudar. Para ellos México es una categoría elevada –fruto del imaginario colectivo sociocultural, dirían los que no saben explicar qué es un imaginario colectivo sociocultural- por encima del concepto de Estado, en cualquiera de sus presentaciones que incluyan una población dentro de un determinado territorio y bajo unas determinadas leyes. México es al parecer, para ellos, una grandeza que ni ellos mismos se merecen.

Ojalá el Santa Anna de Enrique Serna estuviera aquí, para pararse en su única pata, y nos gritara en este aniversario de la Independencia su verdad cósmica: ¡Esa ha sido siempre la grandiosa México: el desposorio del lujo con la Mierda!

 

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Adiós, Daniel Rabinovich

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Por: Oliver Neoquínico.

            Hace poco escribí que me costaba entender que alguien como Groucho Marx estuviera muerto, que para mí era difícil comprender que no estaba caminando por ahí con las piernas flexionadas y el tronco inclinado hacia delante.

También me costó trabajo entender la muerte de Robin Williams, mi actor favorito durante toda mi adolescencia y parte de mi juventud. Era la primera muerte que me tocaba vivir de alguien que yo admirara (qué cosa rara, decir que a uno le toca vivir una muerte), pero no me dolió tanto, sino más bien fue una triste decepción paradójica que amortiguó el dolor. Robin se suicidó, a pesar de haber rescatado a su mujer del infierno donde están los que atentan contra sí mismos, en Más allá de los sueños. A Robin lo he imaginado desde entonces perdiendo la memoria, olvidándose de sí mismo en uno de los círculos más profundos del inframundo.

La muerte de Daniel Rabinovich me llegó hondamente. No me lo esperaba. A sus 71 años me lo imaginaba más vigoroso que yo a mis 27. Pero le dio un paro cardiaco y nunca más volveré a verlo. Es difícil comprender, con una muerte casi presenciada o sabida, que aquel hombre bigotudo y algo encorvado jamás volverá a venir a México, ni a hacerme reír a carcajadas.

Daniel era una parte muy grande de mí. Desde que un viejo amigo en la preparatoria me enseñó a Les Luthiers, se convirtió en uno de mis humoristas favoritos. Encima de ellos solo estaban Groucho, Woody, y quizá a la par de Andrés Bustamante. Desde que era niño, imitaba a un personaje de éste último: Johnny Petardo. Y esa facilidad para hacer reír, y hasta para improvisar, me llevó a intentar, con mucho éxito, a imitar a Daniel. Comencé con su monólogo Mal puntuado; continué con mi favorito: el intro a El negro quiere bailar, donde habla sobre una tal Esthér Píscore. También hacía (hago) la parte de “Lavá el avión”, de Laisy Daisy; el poema de Torcuato Gémini y otras cosas, como El poeta y el eco. Todo eso me llevó a imitar también algunos intros de Marcos Mundstock.

Por todo eso, cuando Daniel murió, una parte muy grande de mí se fue con él. Lloré porque sabía que algo me faltaba. También porque sabía que todos mis grandes ídolos andan sacudiéndose a la muerte de sus espaldas: Woody, Umberto Eco, Joaquín Sabina, el resto de Les Luthiers, etcétera. El único joven que me queda es Andrés Neuman.

Pero estamos muy serios, y estoy seguro que Daniel no lo habría querido así. Toda una vida haciendo reír… ¿para que uno malgaste su último chiste en ponerse a llorar? Pues ni modo, no debo estar tirste… estar tirste… estar tiste… Esthér Triste… Estér tiguer… estér trise.. tirse… tristre… tristre… tris… ester tirsty… estoy tirsty.. es tres tistre… ester triste tiguers… tres tristes tigres tragaban a Esthér Píscore en un trigal…, Esthér Píscore de García, el Griego… Ésther Píscore… esther… ponerme nostálgico, pues.

Daniel fue de los primeros en enseñarme a reír, no es que no supiera hacerlo antes, pero me reía como idiota. Tengo casi todos sus discos, y lo fui a ver un par de veces. Jamás había reído tanto como en aquellas ocasiones en el auditorio en donde Daniel improvisaba de una manera magistral.

Lo extraño, es cierto, pero es inevitable. Yo ya le hago un homenaje en vida a Groucho Marx, pero bien puedo hacérselo a él también, y a muchos otros hombres que me han dado los mejores momentos de mi existencia.

Pero bueno. Esto es… todo… ¿todo? Esto es; todo… todo esto… Esto es, todo es… todo esto es… esto todo esto… ¿Qué es esto? Este seto… este s…esto es toso, toso… ese soto es eso… ese seso es soto… to… todo soso… este… ese te es de Totó o se destetó todo Teté…totó… totó… esé… ¡Ah! ¡Esto es todo!

 

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Ahora

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Por: Oliver Neoquínico.

Ahora duermo en un colchón amplio, nuevo. Caigo rendido ante su seductora colchoneta de alta tecnología onírica. Pero nunca sueño, o no lo recuerdo. Mis recuerdos de creaciones mentales solamente se hacen presentes cuando duermo más de ocho horas. Suelo dormir seis, si bien me va. Ahora volteo y hay una mujer permanentemente en mi cama. La tecnología onírica es suya también, aunque ella la malgasta en pesadillas. Suele sacudirme todas las noches para que la rescate de sus demonios nocturnos. Sin embargo, mi sueño es pesado y a veces no la siento. Lamento dejarla sola en esos momentos, pero cuando despierto, la abrazo y siento toda la vulnerabilidad de su subconsciente recargándose a mi pecho. Ahora comparto mi vida y ya nunca despierto solo.

Sigo levantándome pesadamente, eso sí, pero es una flojera compartida. Ahora empujo a la gente en el metro, pues es necesario ganar dos asientos y no solo uno. Ella se recarga en mí, y batallo para cambiarle la hoja al libro. Filosofía y sintaxis lógica, lectura de entretenimiento básica para usuarios de metro trasnochados. Ella se baja y yo vuelvo a mi soledad. Dormito un poco. Tengo las dos manos libres y puedo cambiar la hoja con más tranquilidad. De ahí hasta las cuatro de la tarde, todo transcurre igual que cuando ella no estaba: es una frágil monotonía de rings rings perturbando mi escritura.

Cuando salgo del trabajo, ella y yo nos debatimos entre el cine, el teatro, o alguna exposición que se nos atraviese. A veces preferimos volver a casa y jugar por separado o uno sobre el otro, depende del cansancio vespertino. Hemos podido ver Dr. Stranglove, películas comerciales y asistir a algunas obras de teatro. Con ella fui testigo de mi primer abandono teatral: nos salimos en el intermedio de una función. La obra se llamaba: La inocencia, y era una oda revuelta de algún escritor que estaba envuelto en un dulce sueño de opio, hachís, o metanfetaminas cruzadas con whisky. Una locura con vacas y estupideces vacuas. No soportaba más el aburrimiento, opacado solamente por la lejanía de la puerta. El intermedio nos iluminó, a pesar de la lluvia, para salir sin voltear atrás.

También vimos Tartufo. Una versión mexicanizada en el Teatro Coyoacán que ya no se llama así, sino Enrique Elizalde. Tartufo era hilarante por completo. El diálogo tenía ciertos detalles de adaptación demasiado forzados, pero en general era atrayente y divertido. Las actuaciones eran bastante buenas, y siempre me divertiré en un teatro en el que me permiten aventarle algo a uno de los actores.

Acabó la función y salimos. Ella se veía hermosa y feliz. El teatro le había gustado mucho. Olía a madera mojada y guardaba el frío de una forma peculiar.

Cuando volvimos a casa naufragamos un poco. Se había inundado la calle. En las esquinas se apiñó granizo. Nunca había visto algo similar. Parecía como si hubiera nevado. Los árboles estaban todos lastimados, y llenaron el asfalto con una hermosa, pero arrancada alfombra verde. No había forma de pasar. Un grupo de camiones se animó a avanzar por la parte inundada y nos subimos a uno de ellos. Antes de llegar a casa, vimos a un hombre lastimoso con un par de perros desesperados y tristes, tratando de no mojarse y retrocediendo ante el agua. Fue una imagen aciaga, pero compartida. Ver una imagen así solamente puede revelarle a un hombre qué tan feliz es. La sensibilidad quizá sea una forma de felicidad. Ella estaba a mi lado. Esa noche dormimos juntos, y así todos los días. Lo demás puede irse al carajo. Ahora, que me despido, pero me quedo.

 

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Puercos, dinero y amor

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Por: Oliver Neoquínico.

Yo no soy un hombre de prensa. Es decir, no soy un reportero. No cumplo con los requisitos. No sé formular preguntas idiotas, a las que el entrevistado tiene qué responder con la más precaria cortesía, para no dejar ver que la cuestión es una estupidez. Puedo, claro, ser inquisitivo, pero mis preguntas no son tipo: ¿cómo se siente Tania Niebla en este nuevo proyecto después de haber estado en el Foro Shakespeare en  su unipersonal “La idea no era quedarse”?

Yo prefiero quedarme callado y disfrutar la actuación de Tania. Ella es una mujer del norte del país, joven, y que siempre se me escapa de los ojos cuando intento verla en obras de más de un personaje. Actualmente está personificando a Margarita en la puesta en escena “Margarita de todos los cerdos”, dirigida y escrita por Eduardo Castañeda, producida por Vuelta de Tuerca y que se presenta jueves, viernes (8:3o pm), sábado (7:00 pm) y domingo (6:oo pm), en el foro Un Teatro, hasta el 19 de julio.

Debo decir que iba poco motivado a ver el estreno de la obra. El día previo, el de la conferencia de prensa, ella no actuó muy bien, digamos que me pareció pálida su actuación. Supongo que era por el ambiente formalista de las cámaras y las preguntas espontáneas. De pronto quizá vi hasta cierto punto una escasa compenetración entre actriz y director. Pero el día de la obra, Tania no fue solamente un deleite estético y visual. Es la segunda vez que la veo actuar, y esta, sin duda, fue la mejor de las dos. Debe ser difícil para un actor (quien sea, hasta el más consagrado), tener que comerse solo el escenario. Debe ser apabullante. Sin embargo, ella quizá no necesite otros actores a su alrededor. Y debo admitir que antes, en la obra anterior en que la vi, sus gestos e imitaciones me parecieron exagerados; ahora me parecieron bastante pulidos.

Pero entremos en tema. Margarita de todos los cerdos está encerrada en un cuarto de baño, con un vestido negro, sentada en el retrete, y una urna con forma de cerdo en la que yacen los restos de su abuelo recién fallecido. Del otro lado de la puerta hay un tal Mauricio, cuya existencia es solamente escuchada por el espectador debido a golpes en la puerta para saber que sigue escuchando la historia de Margarita, de su incapacidad de sentir y de cómo, sin transas, obtuvo 4 millones de pesos.

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¿Por qué encerrarse en un baño? Porque todos llevamos un puerco dentro. Porque el baño es el lugar más íntimo, es el lugar más sucio y más limpio al mismo tiempo. No puedo dejar de pensar, cuando la vi sentada ahí, en el momento en que Margarita se baja las bragas para orinar, con su six de cervezas al lado y la urna de su abuelo enfrente de ella, en Umberto Eco.

Eco dice que lo más personal que tenemos es la caca. Y es todavía algo más reservado en la intimidad de un cuarto de baño. “Margarita de todos los cerdos” es una especie de viaje a la intimidad de una mujer que ha comenzado a sentir. Por eso seguí recordando a Umberto, diciendo que el resto de nosotros lo puede conocer cualquiera: la expresión de tu cara, tus gestos, tu mirada. Y a pesar de que Margarita se quita el vestido para bailar una canción de Britney Spears, no hay nada como haberla observado en lo personal del momento en el retrete. Su cuerpo también lo puede conocer cualquiera, con quien tenga sexo, en el médico, incluso en la playa. También se pueden conocer los pensamientos de una persona porque solemos expresarlos de alguna u otra manera.

Pero, sigue diciendo Umberto Eco, la caca no la conocen otros, salvo un breve periodo de tiempo en que la madre cambia el pañal. Después la caca es solo nuestra. No estoy diciendo que Margarita haya llegado a tal extremo, quizá llevé demasiado lejos la analogía. Dejarnos verla en la privacidad de un baño era una forma de decirnos que ahora, toda ella le pertenecía a Mauricio, con toda la incontinencia que sus palabras, en una especie de confesión, terminarían por decir lo extrañamente sencillo que ella tiene que decir: simplemente está comenzando a sentir.

 

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De la soledad y el abandono

Lluvia y soledad

Por: Oliver Neoquínico.

Los he tenido abandonados. Soy culpable de ello. Lamento haberlos dejado a merced de otras letras insípidas, desprovistas de sintaxis, rebuscadas y enanas. Algunos quizá sucumbieron a tomar un libro de Paulo Coelho. A ellos quiero decirles que son un caso perdido.

De verdad lo lamento. Organizar mi tiempo es como lograr que la orquesta del Titanic deje de tocar. Me la paso de un lado a otro, de un trabajo a otro. Por las mañanas escucho los quejidos rutinarios de gente que no conozco y que, siendo sinceros, no me importa. En los ratos libres me pongo a leer. Actualmente estoy leyendo “La insoportable levedad del ser”. Debo decir que lo pospuse mucho tiempo, pues todo el mundo hablaba de Kundera. Quizá debí leerlo cuando era más joven. Ahora lo siento un autor sobrevalorado, a pesar de que, una categoría suya, sea el eje lineal de una serie de cuentos míos. Eso demuestra mi capacidad de encontrar cosas geniales en un mar que, aunque ameno, no me parece demasiado profundo. Digamos que puedo nadar por entre las letras de Kundera sin necesidad de saber flotar. Casi sin agitar las manos.

También escribo en los tiempos muertos, en ese descanso del quejido cotidiano, cuando las personas toman aire para poder seguir quejándose. Así logré terminar mi segunda obra de teatro (la primera quizá nunca vea la luz, quizá sí, cuando a mi amigo se le pase ese vértigo a subirse al elevador de nuevo). También he logrado terminar unos cuentos atorados, y he comenzado un guion que no me convence del todo. He determinado que los personajes del guion serán los que me dicten qué escribir. Ya les di vida, de ellos dependerá sorprenderme.

De ese trabajo, del que suelo salir a las cuatro, me pasaba a uno mucho más agradable: la adaptación de clásicos de la literatura para niños pequeños. Creo que es de 6 a 8 años. Es lo más complicado que he hecho en mucho tiempo. Pero me siento a gusto reescribiendo y reinventando obras de grandes escritores. Es como escribir a cuatro manos con desfaso de siglos.

En mis tiempos libres, que se reducen como a cuatro horas semanales, he visto series, o películas. Últimamente no he ido al teatro y eso me deprime un poco. Sin embargo, la serie de Daredevil me cautivó de principio a fin. La profundidad de los personajes, sobre todo del Kingpin, me ha inspirado para crear personajes cuya complejidad atrape a quien lea mis escritos.

También les cuento que mi novia se ha ido a visitar a su familia a Cancún. Después se vendrá a vivir conmigo. Quizá eso no les importe y no sé ni por qué se los cuento, es decir, sí sé. Saber que alguien vivirá contigo es abandonar un poco la soledad.

Por eso, cuando me cité con una amiga para ver Jurassic World y que no llegó por culpa de una tormenta, supe que sería de las últimas veces que la soledad me acompañe. Mi amiga me mandó un mensaje pidiéndome que pasara por ella a su trabajo. Me puso la dirección, pero, por más que pregunté, nadie sabía dónde estaba la maldita calle. Caminé con mi paraguas de treinta pesos bajo una lluvia torrencial. Terminé empapado. Me perdí. Caminé por calles desconocidas para mí en la Zona Rosa y calles aledañas. Me topé con mujeres hermosísimas (luego de un largo escrutinio pude comprobar que eran mujeres, y no hombres en fase de metamorfosis terminal). Saber que una puta es mujer y no hombre es sencillo para mí: he convivido con tantas putas a lo largo de mi vida que sé reconocer una cuando la veo.

Aturdido y cansado, empapado y casi resfriado, me metí solo a la sala del cine. Estaba contento. Siempre he amado a los dinosaurios. Recuerdo la primera vez que vi Jurassic Park. Era un niño pequeño y me causó tal terror el T-Rex, que salí del cine con temperatura. Esta vez fue diferente. Ahí estaba yo, en la cima de mi soledad, recordando que toda mi vida he estado solo de alguna manera. Una amiga solía decirme que, por mi forma de ser, yo terminaría completamente solo. Y recordé que una vez, a punto de entrar a ver Avengers 2 con mi novia, un viejito, delante de nosotros, vestido con el mejor traje de su soledad, le pidió al dependiente unas palomitas grandes. Disculpe, joven, ¿dónde está el dispensador de mantequilla?

Cuando estuve ahí solo, en el cine, viendo dinosaurios, comprendí que la soledad no es tan mala. Ese hombre sabía lo que quería. Ahora yo quiero vivir con mi Emilia, pero sé que siempre me tendré a mi mismo por si algo no funciona, aunque sé que lo hará. Y sé que mi Emilia siempre me dará mi espacio, que me dejará ir al cine solo. Quizá ese anciano y yo somos parecidos. Quizá ese día decidió irse a ver una película sin nadie, pidió por el dispensador de mantequilla, comió, volvió a casa y le contó a su propia Emilia la película. ¿Por qué no he de permitirme, de permitirle al anciano una historia como esa? Y aunque en verdad estuviera completamente solo, yo lo veía feliz, sin tener que compartirle ese paquete de palomitas grande a nadie.

Lamento en verdad haberlos dejado solos. Procuraré escribir cada semana. Pero, ¿no disfrutaron su soledad? Quizá no, con esas letras aburridas que rondan por la red, aprovechando los descuidos del tiempo demasiado ocupado. ¿No extrañaban mis digresiones?

 

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