De la soledad y el abandono

Lluvia y soledad

Por: Oliver Neoquínico.

Los he tenido abandonados. Soy culpable de ello. Lamento haberlos dejado a merced de otras letras insípidas, desprovistas de sintaxis, rebuscadas y enanas. Algunos quizá sucumbieron a tomar un libro de Paulo Coelho. A ellos quiero decirles que son un caso perdido.

De verdad lo lamento. Organizar mi tiempo es como lograr que la orquesta del Titanic deje de tocar. Me la paso de un lado a otro, de un trabajo a otro. Por las mañanas escucho los quejidos rutinarios de gente que no conozco y que, siendo sinceros, no me importa. En los ratos libres me pongo a leer. Actualmente estoy leyendo “La insoportable levedad del ser”. Debo decir que lo pospuse mucho tiempo, pues todo el mundo hablaba de Kundera. Quizá debí leerlo cuando era más joven. Ahora lo siento un autor sobrevalorado, a pesar de que, una categoría suya, sea el eje lineal de una serie de cuentos míos. Eso demuestra mi capacidad de encontrar cosas geniales en un mar que, aunque ameno, no me parece demasiado profundo. Digamos que puedo nadar por entre las letras de Kundera sin necesidad de saber flotar. Casi sin agitar las manos.

También escribo en los tiempos muertos, en ese descanso del quejido cotidiano, cuando las personas toman aire para poder seguir quejándose. Así logré terminar mi segunda obra de teatro (la primera quizá nunca vea la luz, quizá sí, cuando a mi amigo se le pase ese vértigo a subirse al elevador de nuevo). También he logrado terminar unos cuentos atorados, y he comenzado un guion que no me convence del todo. He determinado que los personajes del guion serán los que me dicten qué escribir. Ya les di vida, de ellos dependerá sorprenderme.

De ese trabajo, del que suelo salir a las cuatro, me pasaba a uno mucho más agradable: la adaptación de clásicos de la literatura para niños pequeños. Creo que es de 6 a 8 años. Es lo más complicado que he hecho en mucho tiempo. Pero me siento a gusto reescribiendo y reinventando obras de grandes escritores. Es como escribir a cuatro manos con desfaso de siglos.

En mis tiempos libres, que se reducen como a cuatro horas semanales, he visto series, o películas. Últimamente no he ido al teatro y eso me deprime un poco. Sin embargo, la serie de Daredevil me cautivó de principio a fin. La profundidad de los personajes, sobre todo del Kingpin, me ha inspirado para crear personajes cuya complejidad atrape a quien lea mis escritos.

También les cuento que mi novia se ha ido a visitar a su familia a Cancún. Después se vendrá a vivir conmigo. Quizá eso no les importe y no sé ni por qué se los cuento, es decir, sí sé. Saber que alguien vivirá contigo es abandonar un poco la soledad.

Por eso, cuando me cité con una amiga para ver Jurassic World y que no llegó por culpa de una tormenta, supe que sería de las últimas veces que la soledad me acompañe. Mi amiga me mandó un mensaje pidiéndome que pasara por ella a su trabajo. Me puso la dirección, pero, por más que pregunté, nadie sabía dónde estaba la maldita calle. Caminé con mi paraguas de treinta pesos bajo una lluvia torrencial. Terminé empapado. Me perdí. Caminé por calles desconocidas para mí en la Zona Rosa y calles aledañas. Me topé con mujeres hermosísimas (luego de un largo escrutinio pude comprobar que eran mujeres, y no hombres en fase de metamorfosis terminal). Saber que una puta es mujer y no hombre es sencillo para mí: he convivido con tantas putas a lo largo de mi vida que sé reconocer una cuando la veo.

Aturdido y cansado, empapado y casi resfriado, me metí solo a la sala del cine. Estaba contento. Siempre he amado a los dinosaurios. Recuerdo la primera vez que vi Jurassic Park. Era un niño pequeño y me causó tal terror el T-Rex, que salí del cine con temperatura. Esta vez fue diferente. Ahí estaba yo, en la cima de mi soledad, recordando que toda mi vida he estado solo de alguna manera. Una amiga solía decirme que, por mi forma de ser, yo terminaría completamente solo. Y recordé que una vez, a punto de entrar a ver Avengers 2 con mi novia, un viejito, delante de nosotros, vestido con el mejor traje de su soledad, le pidió al dependiente unas palomitas grandes. Disculpe, joven, ¿dónde está el dispensador de mantequilla?

Cuando estuve ahí solo, en el cine, viendo dinosaurios, comprendí que la soledad no es tan mala. Ese hombre sabía lo que quería. Ahora yo quiero vivir con mi Emilia, pero sé que siempre me tendré a mi mismo por si algo no funciona, aunque sé que lo hará. Y sé que mi Emilia siempre me dará mi espacio, que me dejará ir al cine solo. Quizá ese anciano y yo somos parecidos. Quizá ese día decidió irse a ver una película sin nadie, pidió por el dispensador de mantequilla, comió, volvió a casa y le contó a su propia Emilia la película. ¿Por qué no he de permitirme, de permitirle al anciano una historia como esa? Y aunque en verdad estuviera completamente solo, yo lo veía feliz, sin tener que compartirle ese paquete de palomitas grande a nadie.

Lamento en verdad haberlos dejado solos. Procuraré escribir cada semana. Pero, ¿no disfrutaron su soledad? Quizá no, con esas letras aburridas que rondan por la red, aprovechando los descuidos del tiempo demasiado ocupado. ¿No extrañaban mis digresiones?

 

Contacto:

Facebook: https://www.facebook.com/Oliverneoquinico

Twitter: @oliverquinico

Email: oliverneoquinico@hotmail.com

 

About Oliver Neoquinico