Ahora

Timeline10

Por: Oliver Neoquínico.

Ahora duermo en un colchón amplio, nuevo. Caigo rendido ante su seductora colchoneta de alta tecnología onírica. Pero nunca sueño, o no lo recuerdo. Mis recuerdos de creaciones mentales solamente se hacen presentes cuando duermo más de ocho horas. Suelo dormir seis, si bien me va. Ahora volteo y hay una mujer permanentemente en mi cama. La tecnología onírica es suya también, aunque ella la malgasta en pesadillas. Suele sacudirme todas las noches para que la rescate de sus demonios nocturnos. Sin embargo, mi sueño es pesado y a veces no la siento. Lamento dejarla sola en esos momentos, pero cuando despierto, la abrazo y siento toda la vulnerabilidad de su subconsciente recargándose a mi pecho. Ahora comparto mi vida y ya nunca despierto solo.

Sigo levantándome pesadamente, eso sí, pero es una flojera compartida. Ahora empujo a la gente en el metro, pues es necesario ganar dos asientos y no solo uno. Ella se recarga en mí, y batallo para cambiarle la hoja al libro. Filosofía y sintaxis lógica, lectura de entretenimiento básica para usuarios de metro trasnochados. Ella se baja y yo vuelvo a mi soledad. Dormito un poco. Tengo las dos manos libres y puedo cambiar la hoja con más tranquilidad. De ahí hasta las cuatro de la tarde, todo transcurre igual que cuando ella no estaba: es una frágil monotonía de rings rings perturbando mi escritura.

Cuando salgo del trabajo, ella y yo nos debatimos entre el cine, el teatro, o alguna exposición que se nos atraviese. A veces preferimos volver a casa y jugar por separado o uno sobre el otro, depende del cansancio vespertino. Hemos podido ver Dr. Stranglove, películas comerciales y asistir a algunas obras de teatro. Con ella fui testigo de mi primer abandono teatral: nos salimos en el intermedio de una función. La obra se llamaba: La inocencia, y era una oda revuelta de algún escritor que estaba envuelto en un dulce sueño de opio, hachís, o metanfetaminas cruzadas con whisky. Una locura con vacas y estupideces vacuas. No soportaba más el aburrimiento, opacado solamente por la lejanía de la puerta. El intermedio nos iluminó, a pesar de la lluvia, para salir sin voltear atrás.

También vimos Tartufo. Una versión mexicanizada en el Teatro Coyoacán que ya no se llama así, sino Enrique Elizalde. Tartufo era hilarante por completo. El diálogo tenía ciertos detalles de adaptación demasiado forzados, pero en general era atrayente y divertido. Las actuaciones eran bastante buenas, y siempre me divertiré en un teatro en el que me permiten aventarle algo a uno de los actores.

Acabó la función y salimos. Ella se veía hermosa y feliz. El teatro le había gustado mucho. Olía a madera mojada y guardaba el frío de una forma peculiar.

Cuando volvimos a casa naufragamos un poco. Se había inundado la calle. En las esquinas se apiñó granizo. Nunca había visto algo similar. Parecía como si hubiera nevado. Los árboles estaban todos lastimados, y llenaron el asfalto con una hermosa, pero arrancada alfombra verde. No había forma de pasar. Un grupo de camiones se animó a avanzar por la parte inundada y nos subimos a uno de ellos. Antes de llegar a casa, vimos a un hombre lastimoso con un par de perros desesperados y tristes, tratando de no mojarse y retrocediendo ante el agua. Fue una imagen aciaga, pero compartida. Ver una imagen así solamente puede revelarle a un hombre qué tan feliz es. La sensibilidad quizá sea una forma de felicidad. Ella estaba a mi lado. Esa noche dormimos juntos, y así todos los días. Lo demás puede irse al carajo. Ahora, que me despido, pero me quedo.

 

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