Adiós, Daniel Rabinovich

Daniel

Por: Oliver Neoquínico.

            Hace poco escribí que me costaba entender que alguien como Groucho Marx estuviera muerto, que para mí era difícil comprender que no estaba caminando por ahí con las piernas flexionadas y el tronco inclinado hacia delante.

También me costó trabajo entender la muerte de Robin Williams, mi actor favorito durante toda mi adolescencia y parte de mi juventud. Era la primera muerte que me tocaba vivir de alguien que yo admirara (qué cosa rara, decir que a uno le toca vivir una muerte), pero no me dolió tanto, sino más bien fue una triste decepción paradójica que amortiguó el dolor. Robin se suicidó, a pesar de haber rescatado a su mujer del infierno donde están los que atentan contra sí mismos, en Más allá de los sueños. A Robin lo he imaginado desde entonces perdiendo la memoria, olvidándose de sí mismo en uno de los círculos más profundos del inframundo.

La muerte de Daniel Rabinovich me llegó hondamente. No me lo esperaba. A sus 71 años me lo imaginaba más vigoroso que yo a mis 27. Pero le dio un paro cardiaco y nunca más volveré a verlo. Es difícil comprender, con una muerte casi presenciada o sabida, que aquel hombre bigotudo y algo encorvado jamás volverá a venir a México, ni a hacerme reír a carcajadas.

Daniel era una parte muy grande de mí. Desde que un viejo amigo en la preparatoria me enseñó a Les Luthiers, se convirtió en uno de mis humoristas favoritos. Encima de ellos solo estaban Groucho, Woody, y quizá a la par de Andrés Bustamante. Desde que era niño, imitaba a un personaje de éste último: Johnny Petardo. Y esa facilidad para hacer reír, y hasta para improvisar, me llevó a intentar, con mucho éxito, a imitar a Daniel. Comencé con su monólogo Mal puntuado; continué con mi favorito: el intro a El negro quiere bailar, donde habla sobre una tal Esthér Píscore. También hacía (hago) la parte de “Lavá el avión”, de Laisy Daisy; el poema de Torcuato Gémini y otras cosas, como El poeta y el eco. Todo eso me llevó a imitar también algunos intros de Marcos Mundstock.

Por todo eso, cuando Daniel murió, una parte muy grande de mí se fue con él. Lloré porque sabía que algo me faltaba. También porque sabía que todos mis grandes ídolos andan sacudiéndose a la muerte de sus espaldas: Woody, Umberto Eco, Joaquín Sabina, el resto de Les Luthiers, etcétera. El único joven que me queda es Andrés Neuman.

Pero estamos muy serios, y estoy seguro que Daniel no lo habría querido así. Toda una vida haciendo reír… ¿para que uno malgaste su último chiste en ponerse a llorar? Pues ni modo, no debo estar tirste… estar tirste… estar tiste… Esthér Triste… Estér tiguer… estér trise.. tirse… tristre… tristre… tris… ester tirsty… estoy tirsty.. es tres tistre… ester triste tiguers… tres tristes tigres tragaban a Esthér Píscore en un trigal…, Esthér Píscore de García, el Griego… Ésther Píscore… esther… ponerme nostálgico, pues.

Daniel fue de los primeros en enseñarme a reír, no es que no supiera hacerlo antes, pero me reía como idiota. Tengo casi todos sus discos, y lo fui a ver un par de veces. Jamás había reído tanto como en aquellas ocasiones en el auditorio en donde Daniel improvisaba de una manera magistral.

Lo extraño, es cierto, pero es inevitable. Yo ya le hago un homenaje en vida a Groucho Marx, pero bien puedo hacérselo a él también, y a muchos otros hombres que me han dado los mejores momentos de mi existencia.

Pero bueno. Esto es… todo… ¿todo? Esto es; todo… todo esto… Esto es, todo es… todo esto es… esto todo esto… ¿Qué es esto? Este seto… este s…esto es toso, toso… ese soto es eso… ese seso es soto… to… todo soso… este… ese te es de Totó o se destetó todo Teté…totó… totó… esé… ¡Ah! ¡Esto es todo!

 

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