Breviario sobre el homúnculo revolucionario

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Por: Oliver Neoqunínico.

            Me parece curioso, casi patológico, el espíritu festivo de estos días. Algunas mujeres se visten de Adelitas, obligándome a distribuirles panfletos históricos para hacerles notar con todo el peso del historicismo básico, que son unas verdaderas ignaras. Venden banderitas en cada esquina, acompañadas por sombreros de charro, matracas, cuetes que ofrecen en silencio e ilegalmente, pinturita exprés de la bandera mexicana en un cachete, y todo con la marca registrada de China, productos importados directamente de tierras orientales. Esperemos que un día fabriquen dignidad nacional en pastillitas de colores.

El espíritu político de los rencorosos sociales, revolucionaros en calzones y tecleo rápido, intelectuales de teléfonos móviles más listos que ellos mismos, aflora con destreza torpe, si se me permite tal oxímoron para explicar lo inexplicable.

Estos homúnculos del manifiesto comunista para tontos, han arremetido con fuerza y coraje contra una mujer que está a su nivel –intelectualmente hablando, por supuesto-, me refiero, claro está, a Doña Carmen Salinas, símbolo de la aventura cabaretera, portento de la lengua desconectada del cerebro, símbolo de la belleza marchita.

Resulta que, por si no están enterados, Doña Carmen Salinas se quedó dormida en su curul. Nada del otro mundo, realmente. Ya en ocasiones anteriores se ha visto a diputados de todos colores colgar la baba desafiando a la gravedad mientras se empeñan en onirismos donde vacían el erario público. Pero sucede que, al ser Carmen Salinas una figura pop del folclor mexicano, de las películas de bajo presupuesto y de albures tan baratos que provocan que Chava Flores se retuerza con todo y guitarra en su tumba, el homúnculo revolucionario pierde la cabeza. Síndrome de la figura pública. Una señora que no debería estar ahí por ningún mérito político, se queda dormida, viviendo de un sueldo que rebasa los cien mil pesos mensuales. Es indignante, dicen, porque ella no es política. Y pregúntome yo, estimados lectores, ¿qué es ser un político en México?, ¿qué diferencia a la señora Salinas del uña larga del curul 24, por decir algo, si no es cierta labia y colmillo saltimbanqui? Lo pongo en este tono simplista para que el homúnculo aneuronal pueda comprenderlo. Han arremetido con toda su furia contra la señora que decidió cobrar unos favores con tal de tener un colchoncito jubilatorio para cuando llegue a la tercera edad –o sea ya-, y no tener que trabajar lo que le resta de vida –un par de semanas, estiman algunos doctores similares.

Obviamente, la señora florida contestó como es sabido por todos con aquella elocuencia que dejaría anonadado, no a Cervantes, para salir del lugar común, pero sí a Lope de Vega, o quizá hasta a Chespirito.

¡Pero eso no se podía quedar así compa-triotas! ¿Vamos a permitir que esa señora manche a la ilustre Cámara de Diputados con sus ronquidos ominosos? ¡No, señor! ¡Proponemos lo que cualquier revolucionario digno y sin miedo a la muerte haría en estos casos funestos! ¡Firmas! ¡Todos firmen con su sangre, con su espíritu y con su dignidad!

La señora Salinas –no la pariente de Carlos sino de la que estamos hablando en esta parte-, levantó su dedo medio en redes sociales, en un gesto que dice a todas leguas: pos me vale madres. Los tuiteros, esa raza de homúnculos que no tienen nada que hacer en el día sino fascinarse con la reciente evolución de sus pulgares oponibles que malgastan tecleando a una velocidad pasmosa estupidez y media en menos de 150 caracteres, respondieron con saludos semejantes y tonterías y media.

Mientras tanto yo pienso que esos entusiastas de las cortinas de humo no saben reconocer una cortina de humo ni aunque les manden señales con fuego. La señora Salinas está en el Congreso precisamente por eso: porque es la sincatego, la doña contestataria que desviará las protestas a cosas más pueriles y menos lógicas, y así dejarán, quizá –es la esperanza de la clase política- de gritar por 43 normalistas desaparecidos, a los que quieren vivos, aunque ya se encontró a uno muerto, pero confían en la capacidad jesuística de Peña Nieto de pedirles a los muertos que se levanten y anden para satisfacer una consigna.

Hace poco me recordaron que hace no mucho yo dije que no había mayor cortina de humo en este país que Peña Nieto, pues toda la agenda activista-revolucionaria gira en torno a él y sus dichos, dilemas, torpezas y desavenencias de su gobierno y proceder político, hasta exigir, con amplia prospectiva, su renuncia. Obviamente los que piden su renuncia ya tienen un plan: tomar las armas, claro, que le quitarán al primer narco que cruce por su casa.

Los homúnculos revolucionarios también se han mostrado indignados ante el acarreo político hacia el Zócalo este 15 de septiembre. El previsor gobierno federal, no solamente ha ofrecido dinero, las consabidas tortas y frutsis –que ya solamente se fabrican con fines políticos de acarreo masivo-, sino que, como aliciente triunfal, decidieron contratar a la Arrolladora Banda el Limón.

Como yo no tengo amigos nacos, y en general, no tengo amigos, tuve que enterarme por otros medios que la población revolucionaria de red social virtual había preparado un boicot contra la banda esta, y dejarían de escucharlos, comprar sus discos, ir a sus conciertos, etcétera. Queridos homúnculos revolucionarios, si es así, yo ya llevaba haciéndole tal boicot a la Arrolladora desde hace muchos años. E incluso me atrevo a decir que, si escuchan a tal banda, creo que nos tenemos bien merecido el gobierno que tenemos., y no son muy diferentes esos revolucionarios de celular al ciudadano de pie presto al bailoteo gratuito en el corral del Zócalo capitalino.

Lo más curioso de esos homúnculos revolucionarios, es el encono masivo, no hacia el gobierno y sus políticos, sino hacia sus borregos que no se dan cuenta de la verdad histórica que ellos proclaman. Es decir, nadie que escuche a la Banda Arrolladora el Limón o como se llame, se puede creer superior en intelecto y cultura… a otro, no tan activista, pero con gusto compartido por la banda. Pero eso sí, esos activistas baratos no escatiman recursos lingüísticos en denostar a esas personas necesitadas, el pueblo globero víctima de la incultura, la falta de educación, de oportunidad, que alarga la mano ante el primer noble que le ofrece un mendrugo de pan, o la ilusión de felicidad en un grito ahogado que ya nada significa: ¡Viva México, cabrones!

Esos activistas llaman borregos, idiotas, pasivos, miedosos y demás adjetivos calificativos denigrantes a esas personas que no entienden ni jota de política, por alargar la mano. Y curiosamente, esos activistas baratos y revolucionarios piden por México, defienden a México, que parece una categoría demasiado elevada como para situarla ante los pies de esos pobres necesitados y vendidos. Queridos homúnculos, déjenme decirle que esas personas que denigran, que insultan por su indiferencia, no por culpa de ellos, sino por siglos de carencias, por siglos de esclavismo en todas sus formas, son parte de México. Son México, carajo. Viven en la ciudad más grande y poblada del país. Son unos puercos, sí, desagradecidos, pránganas y desgraciados, pero son parte del México que defienden con tanta fiereza.

Yo soy mexicano porque nací acá. Como dice Mafalda, uno es patriota por comodidad, por el solo hecho de haber nacido en un país (patriotismo y comodidad). No creo que mi patria sea la mejor, ni uso consignas, ni creo que todo sea tan sencillo como derribar a un presidente para poner a otro que saldrá de la misma clase política que el tirado. Pero lo que sí creo que ese simplismo de los homúnculos revolucionarios un día nos hará pagar factura. Ese patrioterismo barato se debe al encono principal de su ideología. Esos homúnculos actúan con la misma furia poseedora en monopolio absoluto de la verdad llamada: conciencia de clase. Y como los hijos malentendidos del marxismo que son, desenmascaran al que no piensa como ellos, tal como lo hizo Marx con Max Stirner y Mijaíl Bakunin. Como esos dos ofrecían alternativas a la verdad histórica de Carlitos –no Salinas, sino el otro-, había que derribarlos. El problema con los homúnculos revolucionarios es que han desviado toda esa rabia sobre los que, supuestamente, quieren ayudar. Para ellos México es una categoría elevada –fruto del imaginario colectivo sociocultural, dirían los que no saben explicar qué es un imaginario colectivo sociocultural- por encima del concepto de Estado, en cualquiera de sus presentaciones que incluyan una población dentro de un determinado territorio y bajo unas determinadas leyes. México es al parecer, para ellos, una grandeza que ni ellos mismos se merecen.

Ojalá el Santa Anna de Enrique Serna estuviera aquí, para pararse en su única pata, y nos gritara en este aniversario de la Independencia su verdad cósmica: ¡Esa ha sido siempre la grandiosa México: el desposorio del lujo con la Mierda!

 

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