Encierro de tiempo

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Por: Oliver Neoquínico.

            La literatura siempre me hace falta en la vida. Ahora que leo la mitad de lo que podía antes, siento que la existencia me roba esa parte de la ficción que me fabricaba tiempo. Es eso: me hace falta tiempo para tener más. Extraño, por ejemplo, el lirismo cotidiano de Andrés Neuman. A veces lamento haber devorado su blog con ferocidad. Ahora escribe una nota por mes, si bien me va, y no es suficiente, no fabrica más que unos minutos si alargo cada palabra.

Ante la falta de lirismo ajeno, el mío desaparece bruscamente. La adaptación de libros para niños dejó en mí unas huellas difíciles de borrar, que han provocado cierta sencillez en la narrativa. Una sencillez que no me agrada, pues acorta todo, lo simplifica para escindir lo mejor de la lectura. Me molesta tener que cortar las letras con tal de acabar rápido un cuento. Es como una obsesión, pero nunca me ha gustado escribir por escribir.

Redactar este artículo semanal es en ocasiones un tormento, sobre todo, cuando paso siete días sin hacer nada más que mirar mi computadora y añorar el pasado en el que podía escribir durante horas. ¿Qué sucedió esta semana? Nada trascendental, salvo que ayer mi mejor amigo de la facultad se tituló como licenciado en Ciencia Política con Mención Honorífica, el malparido. Nada del otro mundo. Todos los que estábamos presentes sabíamos de su capacidad, y que el jurado le otorgaría lo que se merece.

En la sala Lucio Mendieta de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, estuvo el tiempo encerrado, como prisionero de guerra, durante casi hora y media. La puerta sellaba el mundo, para que yo viviera un salto temporal y me situara entre el pasado, mi presente, y por lo menos una clase de futuro: el tormento de una tesis que ni siquiera puedo comenzar a gusto. El pasado estaba formado por el profesor Serralde, que me dio clase de Teoría general del Estado y además participó amablemente en la única conferencia que he organizado; estaba Miguel Ángel Rojas, uno de mis primeros maestros de filosofía; Ánimas, profesor de una materia cuyo nombre no recuerdo, pero de quien leí su tesis cuando yo tenía la desgana de escribir la mía sobre partidos de izquierda derrumbada; y Mujica, mi profesor de política comparada, un sujeto inteligentísimo, provocador de uno de mis trabajos que más me han gustado en la vida: una compilación comparativa de todos los partidos políticos de izquierda en Europa y América Latina desde 1945. Seis meses de lectura crónica, y de noches al lado, o enfrente, es decir, tras una pantalla, de una mujer que también estaba ahí, encerrada en ese cuartucho de tiempo, y que me veía a través del extinto Messenger, mientras ella también hacía su tarea. Era la Coneja, con la porción de pasado que ella eligió. Me refiero al de las mentiras, las traiciones y de la incomprensión. Y a pesar de todo ello, el pasado me miró un instante, mientras cargaba cables y decía algo gracioso. Esa mirada trastocó el rencor por unas pequeñas ganas de reír que se aguantó, porque el espacio de tiempo en que nos encontrábamos había agrupado también al que había elegido, abandonando todo lo que ella creía de la vida, con la parte de su ingenuidad perdida.

El presente me tomaba de la mano, y su figura hermosa me rescataba de la incomodidad. Ella, mi presente, que a la vez es mi futuro, me miraba con tal dulzura que olvidé todos los agravios del pasado. Una esfera mental abrazaba a mi mujer, y alcanzaba a rodear a mi amigo, el del examen profesional. Ese era el presente. Lo demás no importaba demasiado, sobre todo porque el pretérito estaba empeñado en guardar rencor por los libros o más bien cuentos, que nunca se atrevió a leer.

Cuando la puerta se abrió, todo partió y sólo quedó el presente con su instantaneidad flotando en el aire. Una amiga se acercó a nosotros, es decir, a mi novia (¿o esposa de cierta forma?) y a mí, para recordar que el titulado con mención honorífica solía presentarme, o por lo menos lo hizo con ella, como un politólogo que era en verdad escritor. Creo que es genial, dijo mi amiga, que te presenten como escritor. Y quizá eso define todo, en el encierro temporal que es la vida. Desde hace 10 años escribo incansablemente, y no detendré las letras porque una mujer se siente incómoda por vulnerar una confianza que ya no existía.

Este escritor estaba ahí, tomándole la mano a su escritora, y eso era todo lo que importaba. Si el tiempo liberado quiere volver en forma de una amistad, será su decisión. La verdad es que el pasado solamente me sirve para escribir. Su amistad no es necesaria, porque ya fue, y es complicado que algo muerto pueda respirar en el ahora. Lo mejor que se puede hacer con lo remoto es escribirlo. El pasado como literatura es el único medio que tiene para sobrevivir.

 

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