De nuevo la lluvia

lluvia

Por: Oliver Neoquínico.

            Los días lluviosos suelen ser excepcionales para los espíritus nostálgicos. Yo mismo solía sentirme mejor en tales días que en los días soleados. Ahora soy feliz con una tarde nublada sin viento y sin lluvia. El sol me pone de mal humor. Creo que se debe a que tengo medio grado corporal menos que el resto de la gente. Un poco de calor hace que sulfure, que hierva mi sangre. Adoraba la lluvia cuando jugaba fútbol. Siempre es mejor barrerse con el suelo mojado, el agua refresca y el cansancio se desvanece.

Sucede que la lluvia tiene muchos matices. A veces es terrible en una ciudad como esta, sobrepoblada y sucia. Las coladeras están llenas de basura y las inundaciones son inminentes. La urbe se convierte en una Venecia temporal, con microbuses en lugar de trajineras o balsas.

Ahora que sentimentalmente no soy un fastidio, que las emociones no están revueltas en mí, las mañanas lluviosas solamente me provocan quedarme acostado al lado de mi Emilia. Ya me da igual que caiga con la timidez diagonal de Pessoa. Me importa poco que caiga con la furia del diluvio universal, o que apenas sea un rocío perezoso que cae porque se dejó llevar por la gravedad.

La lluvia me molesta un poco porque se mete en mis zapatos y se aloja en mis calcetines, como un invitado indeseado. Y ese afán de usar una mochila bordada me obliga a envolver mis cosas en bolsas de supermercado. En fin, que el temporal me molesta cuando soy feliz sentimentalmente. La última tormenta que odié fue después de la era Iris del Diablo. Motivado por sus palabras duras (ya no eres quien conocí, ¿dónde quedaron todos tus sueños?) agarré una compilación de cuentos, no mis mejores, y los llevé a Letras Mexicanas. Llovía con furia, y yo resguardaba mi pequeño paquete bajo mi chamarra, caminando con las manos en los bolsillos y la cabeza agachada. El suelo mojado olía a tristeza.

Pero quizá el agua precipitada también sabe ser feliz. Me recuerdo a mí mismo leyendo mi libro favorito, El Péndulo de Foucault, una versión desdentada de sus hojas, sujetas por alguna divinidad lectora. El tomo se deshacía y, un día, yo volvía a casa cuando me vi atrapado por un chaparrón tremendo con ventiscas salvajes. No llevaba mochila, solamente el libro bajo el brazo. Cuando el viento se volvió insoportable y Umberto Eco estuvo a punto de salir volando, me resguardé tras una pared protegiendo el libro en mi pecho. Veía a la gente corriendo a mi alrededor, ocultándose de la fuerza del aire. Algunos se me quedaban viendo, como si presintieran que la vida de un ejemplar dependía completamente de mí. El Plan, me decía a mí mismo, tengo qué saber cómo acaba el Plan del Péndulo. Y me quedé ahí hasta que la lluvia terminó.

Quizá todo esto no sea más que una disertación filosófica sobre la lluvia, un breve ensayo sobre las precipitaciones pluviales y sus matices anímicos. Pero es hora de dejar las buenas costumbres. Un cuento obsceno me espera.

 

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