Citas

Niebla

Por: Mauricio Oliver

Casi todos lo mencionan. Me refiero a mis escritores favoritos. Han pasado por un momento de hastío existencial que les impide levantarse por las mañanas. Sucede que, citando a Proust (hace tiempo vi una obra en la que una chica decía que si alguien cita a Proust para impresionar, es porque la tiene chiquita. Aquí quiero aclarar que no lo cito para tal cosa, y sobre todo, que la tengo más larga que Cyrano de Bergerac. Quizá solamente el autor de la obra tenía cierto complejo con su longitud fálica, uno nunca sabe), decía, pues, citando a Proust: Mucho tiempo he estado acostándome temprano.

En el fondo, todos sabemos que hay un momento en la vida en que pasó el instante de desperdiciar las horas, entonces, el tiempo malgastado encerrado en una oficina, es soplo de muerte que carcome las esperanzas, la vida, los sueños. Eso genera un hastío existencial, esa insatisfacción genética con respecto a todo. Uno ve a su propia generación desperdigada en adoquines de amistades rotas, enfrascadas en fotografías diarias de sí mismos, luciendo sus nuevas cejas depiladas y ese abandono a la línea de pelos tan orgullosa de la sobrevalorada Frida Kahlo. O uno ve cómo las vergüenzas ajenas se van cayendo cuando las ansias de evitar la soledad aparecen en una imagen congelada, no de felicidad aunque sonrían, sino de lástima por la propia mentira, y hacen de ella amores eternos, hasta que a la larga los tape el invierno.

La mayoría de lo que digo se reduce a las energías perdidas de una juventud pasada. Me paro todas las mañanas con inercia depresiva. Desayuno en cinco minutos. Me arreglo, cepillo mis dientes. Mi cabello ha vuelto a ser largo, me da flojera ir a cortarlo. Estoy aquí, donde escribo estas líneas en el tiempo muerto, repantigado en un asiento esperando a que pase el día y pueda llegar a casa con todo el cansancio escurrido sobre mis piernas… y no hacer nada, porque la fatiga es cerebral, emocional. Esa es la peor forma del cansancio. Luego uno le habla a sus amigos, le escribe, pues. Espera a que contesten. Hay que vernos, claro, dime cuándo, tal día, no puedo, ¿otro día?, ya hay que vernos. Visto a las 08:20 pm, ¿ya te fuiste?, ¿por qué siempre te vas cuando estamos a punto de quedar? Nos debemos una comida,  un café, un vino, una pinche borrachera de esas que nos dejaban tirados en baños ajenos, donde jugábamos verdad o reto, donde las amistades todavía no sacaban su lengua viperina, anunciante del veneno traicionero que se encaja en personas ajenas y resurgen como muertos vivientes de la reclamación. No. Quedamos de vernos, pero nunca nos vemos. Todo es tan líquido, tan pasajero, tan instantáneo y volátil que hoy mismo dudo que me quede más de un amigo verdadero, porque me queda uno. Ese al que veo cada mes en un Vips y es testigo de mi voluptuoso cansancio, que me anima un rato pero, cuando llego a casa, vuelven los fantasmas de un jueves cobarde, cansino y pavoroso.

Extraño esos días en los que me quedaba a escribir hasta la madrugada, me levantaba tarde, me ponía a leer y a escribir hasta el cansancio, ese cansancio verdaderamente feliz. Hoy me sostengo de mi obra Iris como de un bote salvavidas a punto de naufragar. Sé que no me sacará de la miseria, pero, carajo, quizá verla en escena es signo de que no todo ha sido un fracaso, un autoengaño miserable. Antes no tenía ni un peso en el bolsillo y no me importaba. Podía convencer a cualquier mujer de invitarme lo que yo quisiera, a cambio, por supuesto de esa buena conversación y de besos con risa y noches sin futuro. Ahora, con Sabina en otra canción, como caliente, duermo caliente y temprano. Quisiera perder el apetito y no poder dormir a causa de un insomnio verdadero, pero descanso poco cada noche, le doy demasiadas vueltas a la cama sin razón verdadera. Extraño sacarle la lengua a las damas que andaban del brazo de un tipo que nunca era yo.

Mírenme. Soy todo un melancólico. Pero hasta en esto, uno de mis escritores favoritos (que poca gente sabe, quizá solo una o dos personas que lo admiro muchísimo) dice que todos los que han sobresalido en la filosofía, política, poesía o artes son manifiestamente melancólicos. Y lo son porque todos ellos reconocen la inutilidad de su esfuerzo.

Todas estas citas, todos estos faros en la niebla en cursivas, salvo las canciones, son frases leídas de muchos libros que conservo en su gran mayoría. Algunos de ellos, como los de Volpi, son de ese tipo de libros inteligentes que se anuncian. Andrés Neuman dice que uno va buscando sin querer los libros que uno necesita leer, o que los propios libros, que son seres inteligentes, detectan a sus lectores y se hacen notar. Quizá son ambas cosas. No lamento citar tanto, porque ¿de dónde iba yo a tomar lo que añado al mundo si no del mundo? Leer salva del abismo de uno mismo. Escribir también lo hace. Tal vez estoy doblemente salvado. Entonces, ¿por qué no me siento así? Puede ser que necesitemos salvarnos más. Gastarnos lo que queda de la quincena en libros. Y eso hice. Groucho y sus memorias de amante sarnoso ahora están conmigo. Así siempre recuerdo a Woody viendo Sopa de patos”: Y empecé a pensar que debía dejar de arruinarme la vida buscando respuestas que nunca conseguiré y disfrutar mientras durara. ¿Y después, quién sabe? Quizá haya algo. Nadie lo sabe realmente. Sé que quizá es algo estrecho en que basar tu vida pero es lo mejor que tenemos. Y comencé a sentarme y empecé a disfrutar las cosas.

 

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