Apuntes sobre la modernidad y una teoría social del cuerpo

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Apuntes sobre la modernidad y una teoría social del cuerpo

Eduardo Pedroza

“Hablamos con nuestro cuerpo y nuestro cuerpo habla.

De varias maneras y a varios niveles.”

-P. Guiraud

 

El cuerpo además de sus concepciones biológicas, médicas y psicológicas, debe pensarse desde la sociología en tanto se convierte en el depositario de contextos, coyunturas y sociedades. Pensar el cuerpo dentro de la teoría social implica un examen en torno al sujeto, sus estructuras, sus representaciones y –retomando a Bourdieu y sus predecesores- su habitus; un diálogo heurístico de remanencias históricas que busca rescatar al cuerpo como concepto y no sólo como objeto, como depositario activo y no como un ente pasivo; “hablar de cuerpo es referirnos a uno de tantos conceptos que atraviesan no sólo diversos campos disciplinares sino también prácticas y discursos históricamente situados.[1]

Son varios los autores que se han preocupado sobre las genealogías del cuerpo y las representaciones que sobre sí han hecho los sujetos (Le Breton, 1995, 2002; Foucault, 1978, 2000; Sabido, 2007, por citar algunos) encontrando líneas discursivas y de representación que abren el diálogo sobre el cuerpo como depositario de significados, funciones y mitologías; el cuerpo como producto histórico y teórico de distintos momentos sociales. En este sentido, la referencia a la modernidad emerge como punto importante sobre la forma en que se piensa el cuerpo, ya que estableció nuevos marcos interpretativos, reflexivos y epistemológicos; donde resulta importante la transición de las sociedades pre-modernas hacia las sociedades modernas.

La modernidad surge, además de como un proyecto de desarrollo, como una irrupción en la propia vida; irrupción en los imaginarios sociales, en la forma de aprehender y darle sentido al mundo, de tal forma que cuando hablamos de modernidad, hablamos de cambios fundamentales sobre ciertos discursos e instituciones. Girola explicará, retomando a Taylor, que:

por ejemplo, existen tres formas de autocompresión  de lo que es lo moderno, en las sociedades industrializadas occidentales: la primera se refiere a la economía como una realidad objetiva, externa y construida; la segunda tiene que ver con la constitución de la esfera pública; y la tercer se refiere a la cuestión de las prácticas y consecuencias del auto-gobierno democrático y la noción de la soberanía popular[2]

En este sentido, abrimos la discusión sobre múltiples modernidades, procesos y formas de aprender la realidad, sus representaciones, sus condiciones objetivas concretas  y sus cuerpos. En cuanto a las particularidades del proceso modernizador o las modernidades, vale mencionar que:

La modernidad, en efecto, se ha difundido en la mayor parte del mundo, principalmente en sus versiones colonial e imperialista, pero no dio lugar a un patrón institucional único, a una civilización moderna única, sino al desarrollo de diversas civilizaciones modernas en constante transformación o, cuando menos, a patrones civilizatorios. Se trata de sociedades o de civilizaciones que en efecto comparten algunas características centrales, pero que sin embargo tienden a desarrollar diferentes dinámicas institucionales e ideológicas, aunque resulten semejantes. Además, se han llevado a cabo cambios de gran alcance, que van más allá de las premisas originales de la modernidad, en todas estas sociedades, incluyendo a las occidentales.[3]

Referimos a un proceso coyuntural y preciso en la forma de interpretar el mundo, de entender sus procesos y a los sujetos que son participes de ello, que en tanto proceso no es único y parte de singularidades, de la concreción real del sujeto y sus condiciones objetivas. Modernidades que también irrumpieron el cuerpo y lo re-interpretaron.

Destaquemos en este sentido dos trabajos que considero fundamentales para entender la cuestión del cuerpo y su relación con la modernidad, así como los cambios en la transición de las sociedades clásicas a las modernas y el papel del sujeto. El trabajo de Michel Foucault y de David Le Breton resultan una fuente fundamental, y aunque ambos trabajos no están estrictamente relacionados y no contienen los mismos objetivos ni metodológicos, ni heurísticos, ambos establecen un proceso genealógico que busca dar cuenta de las transiciones sobre la forma en que se ha pensado el cuerpo en distintas sociedades y tiempos, siendo el referente de las “modernidades” el eje comparativo.

Michel Foucault[4] con sus sociedades disciplinarias busca dar cuenta de la forma en que se han generado saberes sobre el cuerpo, saberes que producen mecanismos disciplinarios cuyo objetivo son los cuerpos dóciles. Para ello, dentro de su obra estableció una línea histórica sobre la genealogía de dichos saberes discursivos, formulando una panorámica de las formas en que distintas sociedades –destaquemos el ejemplo de las sociedades griegas en Historia de la Sexualidad II- generaron cierto saber y normatividad sobre el uso de los placeres, persé el cuerpo, haciendo énfasis en que los intereses por el cuerpo contienen antecedentes históricos claros; discursos que guardan relación pero que cambian, se reformulan.

Si bien no directamente, en el desarrollo de Historia de la sexualidad y Los anormales se encuentra una transición importante sobre la noción de clásico y moderno, y en este sentido, los saberes y discursos de las sociedades clásicas sobre cuerpo partían de la generalidad de la relación dual sujeto-sociedad; era claro que los saberes estaban relacionados con el cuerpo en tanto su relación con los demás. En tanto que los saberes del cuerpo en las sociedades modernas, siguiendo a Foucault, se centran en el sujeto individualizado, en el manejo del cuerpo y su control desde el sujeto como unidad para el control, son entonces las celdas particulares del panóptico que favorecen el saber sobre el cuerpo y su conducta; cuerpo individuales.

Así, Le Breton enriquecerá el debate en torno a la transición de la representación del cuerpo en distintos tipos de sociedad[5]. Dirá, por ejemplo, que el cuerpo en el carnaval era un cuerpo colectivo, una representación de unidad que vinculaba al sujeto con su entorno; las sociedades previas a las modernas, mantenían una relación del cuerpo sin divisiones, alma y cuerpo eran uno sólo, el cuerpo entonces en su unidad guardaba lo místico y lo sagrado, significados e imaginarios; dentro de los marcos modernos, el cuerpo empezó a ser objeto individual, corrompible, objeto de exploración, ya no es más cuerpo y alma uno solo, ahora se les divide.

La representación y significado del cuerpo se muestra como algo cambiante, cuya ruptura más importante es la modernidad. Como concepto o categoría el cuerpo ha transitado sobre el interés reflexivo y epistemológico, y el cuerpo ha resultado objeto de interés multidisciplinario.

Retomemos, para cerrar, la síntesis de Olga Sabido al respecto, donde refiere que este concepto y su importancia parte de puntos coyunturales; el cuerpo del carnaval es distinto a la representación de la ilustración y la razón, distinto al cuerpo médico y jurídico,  distinto al cuerpo moderno:

“la centralidad del cuerpo en la teoría sociológica resulta fundamental en dos niveles analíticos:

a)     Un primer nivel en el que los agentes se encuentran, se miran, se huelen, se tocan, se distancian, esto es, el cuerpo en el orden de la interacción

b)     […] La manera en que los cuerpos se han construido  socialmente, en donde la historia se ha hecho cuerpo, es decir en cómo la prácticas sociales suponen formas de actuar con el cuerpo que han sido aprendidas.[6]

Cuerpo y modernidad son los referentes desde donde podemos aprehender la historicidad del concepto, desde donde se pueden aprehender sus representaciones y su importancia sociológica.

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Referencias

Sabido, Olga “El cuerpo y sus trazos sociales. Una perspectiva desde la Sociología” en Zabludovsky, Gina, Sociología y cambio conceptual, UNAM-Siglo XXI México, 2007.

Girola Lidia “Modernización, modernidad y después… las ciencias sociales en América Latina y la construcción de los imaginarios de la modenidad”, en Girola, Lidia y Olvera, Margarita (coord.), Modernidades, narrativas, mitos e imaginarios, España, Antrophos/UAM-A, 2007.

Le Samuel, Eisenstadt, “América Latina y el problema de las múltiples modernidades”, Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM, Nueva Época, Año LVII, Núm. 218, mayo-agosto de 2013.


[1] Sabido, Olga, El cuerpo y sus trazos sociales. Una perspectiva desde la Sociología, P. 209

[2]  Girola, Lidia, Modernización, modernidad y después… Las ciencias sociales en América Latina y la construcción de imaginarios de la modernidad, P. 65

[3] Eisensadt, Samuel, América Latina y el problema de las múltiples modernidades, P. 156

[4] Para ahondar en este punto, puede consultarse Foucault, Michel “Historia de la sexualidad” Tomos I, II y III, México, Editorial  Siglo XXI y Foucault, Michel “Los anormales”, México, Editorial FCE.

[5] Para ahondar en el tema, se puede consultar Le Breton, David “Antropología del cuerpo y la modernidad”, Argentina, Ediciones Nueva Era

[6] Op.Cit Sabido, Olga. P. 216

Epistemologías de la sexualidad como categoría social

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Epistemologías de la sexualidad como categoría social

Eduardo Pedroza

Las categorías nos permiten dar cuenta de los distintos elementos que componen ciertos “hechos” o “problemáticas sociales”. Estas categorías median la posibilidad de aprehensión y reflexión de los hechos desde distintos puntos teóricos, orientando las interpretaciones. Así, ciertas problemáticas sociales estarán atravesadas por distintas categorías que permiten asir los hechos y establecer diálogos epistemológicos.

La sociedad moderna desde la que escribió Foucault estaba constituida por una serie de discursos, instituciones y saberes que conformaron dispositivos disciplinarios; las aportaciones de este filósofo proporcionaron una forma de entender a un tipo de sociedad de remanencias histórico sociales. En sus análisis, fueron diversas las categorías que se sometieron a un proceso genealógico que permitió ver los distintos procesos por los que ciertos elementos constitutivos de lo social, ciertas instituciones y ciertos discursos se formaron y permearon distintas etapas históricas.

Así, cuando Foucault habla de la “sexualidad” en sus tres célebres tomos de L’histoire de la sexualité, da cuenta de cómo histórica, social y culturalmente sobre esta categoría se establecen discursos que generan normas, controles y taxonomías que intervienen en los sujetos y que orienta la forma en que estos deben explorar o expresar su sexo, sus deseos y su erotismo.

En el recorrido que establece el autor se encuentran los elementos transitorios de las sociedades clásicas a las sociedades contemporáneas en torno a la sexualidad, donde las referencias sobre lo masculino y lo femenino resaltan. El análisis de estas sociedades permite ver la forma en que se estableció al sexo masculino sobre el femenino, el papel relegado de las mujeres en tanto su condición sexual y de género(1), y la incorporación al cuerpo de mecanismos de control del deseo y la sexualidad.

Desde esta primera perspectiva se partirá del proceso epistemológico en el que la sexualidad como categoría de análisis de lo social nos permite dar cuenta de la relaciones de género, el discurso patriarcal que empodera lo masculino y reprime lo femenino, y cómo este proceso establece las normas de relación y las condicionales en torno a la sexualidad y su capacidad como potencia erótica. Se habla del sexo y la sexualidad como categorías sociales que dejan ver discursos que se imponen sobre cuerpos y cuerpos que conviven en el cotidiano; escribió Foucault que “de un extremo al otro, el sexo se ha convertido, de todos modos, en algo que debe ser dicho, y dicho exhaustivamente según dispositivos discursivos diversos pero todos, cada uno a su manera, coactivos. Confidencia sutil o interrogatorio, autoritario, refinado o rústico.”(2)

Es en esta línea sobre la que también se ha establecido otro horizonte teórico que va de la mano: la cuestión feminista, tanto lo relativo a la sexualidad femenina, como sobre el papel social e histórico de la mujer. En este sentido, Anthony Elliot refiere que las reflexiones teóricas han girado en varios sentidos de análisis, anota que varias de ellas han llegado a contraponerse entre sí, complejizando las epistemologías del feminismo; sin embargo, escribe el autor que “en esos enfoques contrastantes los temas de la diferencia sexual; de la jerarquía de género; de la marginación social; y de las políticas de identidad alcanzan diferentes niveles de prominencia.”(3)

Siguiendo a este autor para ahondar sobre la cuestión del feminismo, resumirá que, en torno a la teoría feminista, el proceso reflexivo de la teoría gira alrededor de cuestiones elementales, puntos nodales como el proceso discursivo del género y el deber ser, los mecanismos de control sobre el cuerpo femenino y el sistema utilitarista; de forma resumida, también, el autor ahonda sobre la forma en que distintas teóricas feministas han aportado al debate, resaltan las contribuciones de Beauvoir, Butler, Chodorow, Irigaray, autoras que potencian la reflexión sobre la relación de género y sexualidad, el rol periférico de la mujer, la maternidad y la violencia simbólica. Reflexiones que también, al menos desde Butler, parten de las aportaciones de Foucault con su análisis de la sexualidad. Insistamos entonces en que ciertas categorías y análisis atraviesan las mismas problemáticas y generan formas de interpretación con puntos de cruce.

Retomemos, entonces, al mismo autor para abrir una nueva perspectiva epistemológica en torno a la sexualidad: la teoría Queer. Michel Foucault, al dar cuenta de la sexualidad como categoría cambiante dentro de distintos discursos históricos resultado de juegos de poder, sentará las bases de la sexualidad como algo inacabado que no se explica per se el sexo o el género, que no define a los sujetos sino por el discurso interiorizado que se ha hecho al respecto de su sexualidad; lo Queer como teoría y categoría da cuenta de la sexualidad como algo ajeno a lo natural, que no se cierra a patrones heteronormados; crítica al sistema sexo/género y la secularización de la mujer, se pretende “pensar lo queer […] como lo que deja de ser natural o naturalizado, lo que se inscribe en otro orden social y que a la vez marca un trastocamiento de ese orden.”(4)

En este sentido, partimos de referentes teóricos en torno a la sexualidad que dan cuenta de sujetos –sociales- producto de sistemas que reproducen formas de entender la realidad, y de entender su sexualidad. Retomar lo Queer logra abrir un proceso de análisis interpretativo de la sexualidad como un juego, como algo inacabado, capaz de reinterpretarse a sí mismo.

También, al retomar la teoría Queer con sus antecedentes de reflexividad en torno a la sexualidad, se abre un proceso para pensar sobre todas aquellas manifestaciones eróticas, afectivas y sexuales que alternan los discursos históricos de la centralidad de los roles. Entonces, pensar la homosexualidad, la bisexualidad, los erotismos alternos, las manifestaciones del género y las disidencias del discurso desde este horizonte teórico, da la posibilidad de entender rituales de interacción, acciones individuales y colectivas que difieren de las prácticas esperadas.

Entramos entonces a otro punto en torno a la epistemología de la sexualidad, la teoría Queer permitirá avanzar sobre la cuestión de los erotismos ajenos al heterocentrismo y las heterosexualidades; el homoerotismo como categoría logrará asir una forma en la que los sujetos reinterpretan los discursos sobre la sexualidad y les permite explorar campos ajenos a la dinámica tradicional sobre el placer y los géneros, ya que, como apuntó Guillermo Núñez Noriega, “las prácticas homoeróticas involucran, a menudo, una disrupción de los ideologemas centrales del patriarcado” toda vez que permite un conocimiento más profundo de las subjetividades masculinas.

Resumiendo; la sexualidad como categoría en un desarrollo teórico que culmina en la teoría Queer y la mirada a los erotismos no heterosexuales, da cuenta de varias cosas:

  1. La forma en que histórica y socialmente la sexualidad se construyó como un elemento de interés general, como un elemento discursivo y como un elemento nodal de las relaciones sociales.
  2. La elaboración del género como resultado de discursos.
  3. La performatividad del género, es decir, el deber ser masculino y femenino.
  4. Las fugas que permiten ver otras dimensiones de la sexualidad, como el homoerotismo.

Esta categoría, que se encontrará atravesada por la cuestión Feminista, la teoría Queer y el Homoerotismo, permite seguir una línea teórica en torno a la forma en que sexualidad, género y erotismo construyen discursos y excluyen prácticas; y que, de manera inicial, permitirá entender distintas realidades y vivencias en torno a la sexualidad. Estas mismas formas discursivas de los dispositivos de poder sobre cuerpos y erotismos permitirán entender a los sujetos desde otras perspectivas ajenas a etiquetas taxonómicas.

Pedroza, Epistemología

Referencias

(1) A partir de aquí se retoma la dicotomía sexo y género, donde sexo se entenderá como todo lo referente a las cuestiones biológicas del aparato reproductor masculino o femenino; y se entenderá género como la construcción social que gira en torno al deber ser de la mujer y el hombre en tanto tales.

(2) Foucault, Michel, Historia de la sexualidad 1. La voluntad de saber, p. 33.

(3) Elliot, Anthony, “Sexualidades: teoría social y la crisis de identidad”, p. 198

(4) List, Mauricio, “Teoría Queer. Implicaciones para la investigación en sexualidad, género y cuerpo”, p. 92.

Bibliografía

Elliot, Anthony, “Sexualidades: teoría social y la crisis de identidad” en Sociológica, núm. 69, México, enero-abril/2009.

Foucault, Michel, Historia de la sexualidad 1. La voluntad de saber, Siglo XXI, México, 2011.

List, Mauricio, “Teoría Queer. Implicaciones para la investigación en sexualidad, género y cuerpo” en: List Reyes, Mauricio y Teutle López, Alberto (coordinadores) Florilegio de deseos, Editorial, País, 2010.

Ser urbano

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Ser urbano

Olivia Aguilar

Uno debe enfrentarse a la dificultad de reafirmar la personalidad propia dentro de las dimensiones de la vida metropolitana. Uno aprovecha la diferenciación cualitativa a fin de atraer de alguna manera la atención del círculo social manipulando su sensibilidad para con las diferencias.
Georg Simmel

El “yo” es indeterminado; cualquier “yo” es posible.
John Seel

La explicación de la ciudad como una red de lugares y momentos que hacen espacio y tiempo va más allá de la culminación de una etapa dominante de la historia.(1) La gran ciudad puede ser resultado de la política moderna: una elaboración racional del mundo en donde se fusiona la modernización y el proyecto cultural urbano, pero a la vez tiene efectos en la transformación identitaria de los individuos.

La ciudad como escenario reproduce al ser. Hay transformaciones constantes que la modernización exige a la ciudad y el hombre urbano, además de que las lleva a cabo, se adapta. El sentimiento de comunidad -dependencia a un grupo, representación fija de roles, reconocimiento mutuo-(2) se aleja de características de la vida urbana como el aislamiento, el individualismo, la soledad. La resistencia que se superpone al individuo amenaza con desubicarlo.(3)

Lugares y formas urbanas conducen a nuevas representaciones sociales: las miradas en las calles son efímeras, las conversaciones impersonales; el espacio público se llena de siluetas de anonimato y figuras de aislamiento cuando viajas en metro. Un aumento en la diferenciación de las relaciones sociales expresado en la fractura entre sujeto y objeto:(4) por un lado, la escasez de posibilidad de crear relaciones emocionales a profundidad en las envalentonadas calles conduce a un ajuste de personalidad que se torna huraño en el tiempo; y por otra parte, la supuesta subordinación de la conciencia colectiva a la conciencia individual coloca al individualismo como una característica imprescindible.

Pero hay una potencia en la red urbana: el hombre está ante un escenario de posibilidad. Se crean ilimitadas formas de adaptación en donde se puede ser lo que sea,(5)simulación o realidad, porque la base de las relaciones en el espacio urbano no es consecuencia del reconocimiento del otro: el lugar de definición es indefinido.

Se trata de reflexionar lo anónimo como característica cotidiana en la ciudad: cómo influye esto en la construcción identitaria, ¿se pueden crear relaciones de pertenencia y arraigo a través del anonimato?

Aunque en la ciudad existe una lucha latente con lo común, sí existe un imaginario que corresponde a todos los habitantes:(6) los momentos de apropiación de lo urbano se reflejan en las direcciones y relaciones epistolares; la postal de algún museo y las fotografías de un turista; los mitos urbanos, los callejones y las callecitas; los parques públicos y monumentos. Además, existe un cotidiano que puede ser comprendido ya que reúne maneras de hacer que se repiten, las interacciones pasajeras se regulan con un lenguaje propio que siempre es entendido porque se crean vínculos efímeros todos los días.(7) Pero las prácticas ordinarias exigen un análisis más allá de las superficies visibles. Las tantas diferencias; la organización caótica y la agilidad del tiempo; lo inmediato y tardió de las trayectorias, van construyendo lo anónimo que es también lo habitual.

La verificación de lo individual sólo puede comprobarse cuando las estructuras sociales se colocan como resistencia. Las formas metropolitanas de interacción pueden ser más flexibles que las estructuras rurales o de ciudades pequeñas, porque en la gran ciudad las experiencias colectivas se interpretan y significan en el espacio y tiempo compartido pero a través del desconocimiento del otro. Como una cuestión de libertad implícita el anonimato posibilita.

Aguilar, Ser urbano

Referencias

(1) Bolívar Echeverría en “Modernidad y Capitalismo“ expone que el progresismo es una etapa dominante de la historia contemporánea. La unión de individualismo y humanismo hace que “el progresismo se haga espacio“ en la ciudad.

(2) R. M. MacIver, Charles H. Page, “Principales formas de la estructura social“ en su libro Sociología, pp. 294-363.

(3) Georg Simmel, en su artículo “La metrópolis y la vida mental”, explica “cómo en las estructuras metropolitanas la personalidad se acomoda al entorno urbano ajustando la personalidad a las exigencias de la vida social.”

(4) El sujeto se hace cuerpo en las calles, se hace objeto. No es necesario ser sujeto para tener el derecho de circular por la ciudad. Cualquiera puede ser cualquiera. Después del aumento en la diferenciación de las relaciones sociales se puede irrumpir en el espacio urbano sin que sea un requisito ser reconocido por el otro a partir de la subjetividad, se puede ser sólo un cuerpo objetivado y tener derecho al espacio público, el cual, inevitablemente, es individualista: sólo el individuo se sabe sujeto, la colectividad no lo reconoce.

(5) La construcción identitaria en las grandes ciudades no es pura relatividad aunque sí sea pura potencia. Se puede ser lo que sea dentro del límite de lo que permite el cotidiano y la adaptación a lo que va siendo.

(6) Michel de Certeau agrega un escalón de análisis: los cuerpos “obedecen un texto urbano que escriben sin poder leerlo.” Se acciona en espacios que no son visibles. Según el autor hay dos geografías, una en sentido literal y la otra en sentido poético.

(7) Además, existe un acervo de conocimiento en común para proceder en el mundo. Formas de hacer que posibilitan la interacción.

Bibliografía

Bauman, Zygmunt, “En busca del espacio público” en su libro En busca de la política, ed. FCE, Buenos Aires, 2001, pp. 17-66.

De Certeau, Michel, “Andares de la ciudad” en su libro La invención de lo coidiano, UIA, México, 2006, pp. 103-122.

Giddens, Anthony, Un mundo desbocado. Los efectos de la globalización en nuestras vidas, Taurus, Madrid, 2000.

Simmel, Georg, “La metrópolis y la vida mental” en el libro Glencoe, K.W., La sociología de Georg Simmel, The Free Press, 1990.

Simmel, Georg, “El extranjero: sociología del extraño”, introducción de Olga Sabido Ramos, ediciones Sequitur, Madrid, 2012.